Un día sin ideales

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:

Rescatado de un antiguo manuscrito, invadido por manchas de lágrimas, de autor anónimo e imposible es determinar la época en que fue escrito solo se sabe con certeza que no es actual.

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Un día, hace mucho tiempo, tuve los más bellos ideales. Mis pensamientos, como materia, llenaban las formas más sublimes que pudiera concebir. Todo tenía un sentido de ser y para ser. El mundo reflejaba cierto Logos que yo buscaba. El amor, la belleza, la armonía, el equilibrio, la templanza eran mi bandera y mi búsqueda. Amor tan puro concebí, que al enfrentarme con el mundo, me di cuenta que dentro de mí escondía, cual oscura maldición, una caja de Pandora. La abrí, después de tanta herida los cerrojos quedaron débiles tras cada cuchillada hasta que se rompieron. Y es que amor tan puro e inocente no se encuentra en este mundo, en el que todo es tan efímero. La unión que ansiaba entre cuerpo y alma, sexo y amor, nunca se efectuó; así, ansioso de entregarlo todo, con nada me quedé. Envuelto en el denso manto de la soledad, buscaba en el rastro más pequeño de luz para sostenerme pero así, fui capaz de ver como todo era banal, incapaz fui de ver jerarquías; cualquiera que pasará frente a mí, era digno de mi entrega total si cumplía mínimos requisitos. El amor puro en vulgar se tornó, como el mundo en donde tenía mi ser. ¡Y yo que anhelaba fundirme y entregarme, en el amor, a otra persona, lo sacro de mi alma, entre lo vulgar profanice! El ideal de belleza se convirtió no en una ilusión, sino en un reproche pues como aquel que es capaz de ver la naturaleza con su plena belleza y no es capaz de reproducirla en lo más mínimo, sino que con los más toscos detalles, lejos de enaltecerla la denigra, eterno castigo le espera. Soñé también con ser un guerrero, que se levantara con las heridas detrás de cada batalla a continuar por su causa. Pero tras fuertes embestidas mi escudo y mi espada se fueron cuarteando y quedé de rodillas, derrotado en medio de la batalla más importante: la de mi vida. Las heridas no cerraban, la energía no volvía, pero lo más doloroso era la carencia absoluta de sentido: no saber para que vivir, no saber para que morir, ignorar porque se lucha… Otra ilusión más lejana: la de ser Pitio del Apolo místico, fundirme con el infinito. Pero mis oídos nunca estuvieron listos para el maestro que los llenaría de sabiduría, hierofante que nunca llegó. La noche oscura se torno eterna y nunca se fue de mí. Solo hay sombra, la noche impregna mi ser, y la desesperanza le da todo el matiz al mundo que veo. Parece que todas las cosas que salen a mi lado tienen grabado el nombre de soledad. Incluso lo que antes me aparecía como claro y distinto, ahora se erigen en enredosas dudas. ¿Vale la pena vivir una vida sin sentido? ¿Cómo continuar una existencia si carece de todo fin? ¿Cómo puedo levantarme y seguir mi vida diaria sin llegar a responder aunque sea temporalmente a las 4 causas aristotélicas? ¿Qué hay sobre la eficiente y la final, sobre lo que me mueve y el para que, respectivamente? A lo lejos el aire mueve las ramas de los árboles, semejando todo a algún cuadro triste. “Soledad infinita, que no se acaba, que es y no puede dejar de ser”, antes encontraba esto como cierto, ahora también arroja dudas. Parece que la nueva certeza es la levedad, que transmuta todo en banalidad y futilidad. No soporto más, siento que esa levedad me anega y que voy a dejar de respirar en cualquier momento. No quiero una vida así, quiero dejar de seguir viajando sin brújula. Ganas me dan de huir de todo; pero sé a la perfección que no podré huir de quien más deseo…de mí. Asco y repulsión siento, al haber deseado en algún momento una vida así: de sombra. Parece que el Hades ha extendido su territorio en mi vida, vagabundo ando, apátrida, extranjero y ajeno al todo.

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