Exégesis existencial

Author: B. Rimbaud / Etiquetas: ,





Vuelvo a las tertulias -que no son sino solitarios monólogos- de café. A la necesidad de narrar, que no describir, el dolor que me atormenta. Los malos espíritus ya se niegan a abandonar este cuerpo consumido y maltrecho, solo escucho el eco de sus voces: "Somos Legión". La descripción es producto del ojo que avizora algo fijo, estable, mas no por ello inmutable. La narración cuenta el flujo y el reflujo, los triunfos y caídas, los espasmos que padece el ser, toda esa olla en ebullición que no cede ante el frío invernal del mundo cotidiano.

Baile para exorcizar a mis demonios. Me entregué al mundo siendo de él y para él solamente, y al final el mundo me abandonó. Las letras que habían sido mi consuelo, ya fueran mías o ajenas, en inútiles techos de cartón impotentes de contener esta tormenta se convirtieron. La flor del amor que, según dicen, transmuta todo con su dulce perfume, marchitó en una primavera cuando yo esperaba el más hermoso capullo.

¡Oh cruel partida! Aún me atormenta. ¡Voraz Naufragio! Cruel destino que te has llevado todo. Las amistades, las pocas, pero sinceras que quedan con dulces bálsamos pretenden aliviar el penar de este corazón, ignorando que hace ya tiempo que se encuentra muerto y sepultado. La esperanza de que alguien grite: "Levántate y anda" también ha fenecido. Y en esta nada -nadeante- que vuelvo y vuelo sin moverme de mi lugar, mientras oculto se encuentra y es misterio fatal, lo que me mantiene.

¿Me hace falta asesinar a algún dios más para poder al fin resucitar? Siento con dolor, a esta alma cansada, vapuleada e infértil para la estrella, la ilusión, el amor y la canción. Ya el parto de ideas a remoto pretérito nos señala sin prometer su retorno ni a corto ni a largo plazo. ¡Mejor sería eliminar esas coronas de laureles marchitos! Más parecen una burla: cruel cinismo al honor y a la belleza que antes simbolizaban...

Ah, Razón mía, tan altiva y combatiente: ¿Qué he de hacer con vos en estos tiempos de paz? ¿Será acaso que no estás hecha para la vida y lo pacífico, para la cosecha y el esfuerzo cotidiano -sin guerra- permanente? ¡Destruyes y corroes todo a tu paso! Si ya de imposiciones y de anhelos quiero saber siquiera un poco.


Ya el café se agotó, el cigarro se consume, esta mano temblorosa de esta alma temerosa, se cansa y las profecías de este ser atormentado se callan... Termina el trance délfico y vuelve el asco cotidiano, vuelve la rutina, vuelve el no-yo...



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Presentación de "Cuaderno de la decepción. Oráculo del desencanto"

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:


Comparto el siguiente texto, con el cual presenté el libro de Erick Nolazco: "Cuaderno de la decepción. Oráculo del desencanto" las siguientes líneas son mías bajo la inspiración de este texto así como su relación con algunos otros textos. Para conseguir el libro se pueden contactar conmigo.



Rimbaud nos dice en su libro: “Temporada en el infierno”:


Antaño, si mal no recuerdo, mi vida era un festín donde corrían todos los vinos, donde se abrían todos los corazones.
Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié.
Yo me he armado contra la justicia.
Yo me he fugado. ¡Oh brujas, oh miseria, odio, mi tesoro fue confiado a vosotros!
Conseguí desvanecer en mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda dicha, para estrangularla, salté con el ataque sordo del animal feroz.
Yo llamé a los verdugos para morir mordiendo la culata de sus fusiles. Invoqué a las plagas, para sofocarme con sangre, con arena. El infortunio fue mi dios. Yo me he tendido cuan largo era en el barro. Me he secado en la ráfaga del crimen. Y le he jugado malas pasadas a la locura.
Y la primavera me trajo la risa espantable del idiota.
Ahora bien, recientemente, como estuviera a punto de exhalar el último ¡cuac! pensé en buscar la llave del antiguo festín, en el que acaso recobrara el apetito.
Esa llave es la caridad. ¡Y tal inspiración demuestra que he soñado!
"Tú seguirás siendo una hiena, etc... declara el demonio que me coronó con tan amables amapolas. "Gana la muerte con todos tus apetitos, y con tu egoísmo y con todos los pecados capitales".
¡Ah! ¡por demás los tengo! Pero, caro Satán, os conjuro a ello, ¡menos irritación en esos ojos! Y a la espera de las pocas y pequeñas cobardías que faltan, desprendo para vos, que amáis en el escritor la ausencia de facultades descriptivas o instructivas, unas cuantas páginas horrendas de mi carnet de condenado”.


Erick, más modesto, no tuvo temporada en el infierno, con sinceridad nos declara en la advertencia inicial al “Cuaderno de la Decepción” su nombre debería de ser “Cuaderno de la Estupidez”, no pretende la épica de un Dante al descender a los infiernos para regresar a contarnos los pormenores, o la tragedia de Orfeo de descender por su amada hasta el Hades mismo y mostrárnosla en toda su belleza. Su Cuaderno y su Oráculo tienen manchas de esta vida que se nos vuelve carente de sentido, no en algún inframundo. Aquí es donde Nolazco se decepciona y se desencanta, y nosotros con él: de todo lo que huele a buenos modales y moral pudorosa. Levanta el velo y detrás del amor, la amistad, la cortesía, encuentra podredumbre, la podredumbre de la miseria humana, la oquedad con su hedor hace presencia; después de todo no es un hueco que esté vacío.


Entre las cuerpos, disecados y carentes de alma, de esta sociedad, en que nos hemos convertido, encuentra el hartazgo de la no-reciprocidad, la incapacidad de la comprensión por seres, que más que humanos, semejan loros o robots de alguna aventura literaria futurista. Una irresponsabilidad del otro -hacia nosotros- que lacera la piel tornándonos pecadores a ellos y a nosotros por igual. Ellos por su impotencia del compromiso, nosotros por tener aún esa esperanza.


Nolazco se topa con todo aquello que cualquiera anhela y le encuentra un sabor más amargo que las cenizas: el calor se les ha ido del pecho no hay humedad en sus cuerpos, todo es un repetir vacuo, hasta que se dan cuenta de que también ese fuego es necesario y lo buscan y lo rebuscan restregándose para no sentir el frío, como diría Nietzsche, ignorando que fueron ellos mismos los que asumieron ese clima con su vida mediocre. Y al unirse se lastiman entre ellos como la fábula de los puercoespines de Schopenhauer.


Nolazco reta a la vida social y a los logros de esta engalanada civilización en términos de relaciones y de nuestro fuero interno. No más soledades que engalanen o den un aire de mártir a nuestros actos, no a un intelectualismo barato conseguido del consumo de clásicos y best-sellers por igual. Al respecto nos dice en su aforismo 26: “Concebir la soledad como una torpeza emocional es un engaño, decir que es digna, un sarcasmo, pensar que sirve para algo una ingenuidad y defenderla como placentera, una altivez patética.”


Se puede decir que Nietzsche profetizó al hombre que lo empequeñece todo -el de nuestra sociedad, el último hombre, el que es incapaz de aborrecerse a sí mismo- el que invento la felicidad, pero es Nolazco el que lo describe con la desilusión de quien lo ha vivido, con el relámpago de ira de la decepción, con la melancolía del desencanto.


¿Cuántas veces no hemos probado los placeres tristes sin saber que son ellos o el por qué los probamos? ¿Quién no ha caído en el pecado o en la necesidad vital de volver a creer en quién ya nos lastimó una o más veces incluso? ¿O tal vez seguir viviendo como si nada tras una hecatombe emocional? Solo cuando volvemos a nuestro destierro monadológico de manera consciente, es que caemos en cuenta de la torpeza e inutilidad de nuestra vida, de la simpleza del interior, y la preocupación inconciente de engalanarla con algo atractivo y que mantenga a los demás a nuestros lado. Nos aterra el vacío, exterior o interior. La molestia de Nolazco es para quien no lo asume, para el petulante ensorbecido por tener supuestamente colmado ese vacío que todos tenemos en mayor o menor medida, esa negación hipócrita hacia la desolación de la cual nos dice que es: “Fruto amargo de la violencia del rechazo y abandono que los otros nos brindan, la desolación no frecuenta las invitaciones del amor ni el calor de la fraternidad. Ante la envidia se muestra sarcástica; contempla con desilusión el orgullo y el triste amor propio. De muy distinta forma actúa con el odio, recibido con una deferencia suspicaz. Por otro lado, es acogedora y horrorosamente solícita con el rencor, a quien destina el sótano de los recuerdos nunca vividos.”


¿Qué esperar, pues, de este Cuaderno de la Decepción, y de este Oráculo del Desencanto? La ira y la melancolía, la repulsión de los engaños exteriores e interiores a cuya sombra hemos vivido el asco y una existencia cuyo olor nauseabundo impregna hasta nuestras prendas y pensamientos más íntimos. No es una queja, no es un martirio, es el anote puntual, la sentencia concreta de lo que se viven en el transcurrir de lo cotidiano: al charlar con el amigo vacío de toda la vida, con la amiga irresponsable e incomprometida, con el amor ridículo que padecemos. Nos dice Nolazco: “Inventamos un sufrimiento para evitar otro, la soledad es la estrategia triste y torpe contra la violencia que nos ha sido dada.”


Por otro lado, pensando en El mito de Sísifo, Camus concluía: “Sísifo enseña la fidelidad superior y levanta las rocas, asume sea serie de actos desvinculados que se convierte en su destino...Hay que imaginarse a Sísifo feliz”. Nolazco prefiere una existencia más digna: el desencanto y la decepción, la desolación, la ira, la melancolía, todas flores del mal humanas, demasiado humanas.


Finalizo estas líneas con el inicio del libro, nos dice su prologuista: Nolazco nos transita de la temporada por el infierno al umbral de las iluminaciones, agrego yo, con humildad, en un solo acto: filosofar a martillazos. En algún lugar Nietzsche nos sugiere escribir con nuestra propia sangre, Nolazco le sigue. Concluyamos pues con una muestra de esta sangre, con una sentencia más acertada, y por tanto más divina que las emitidas en Delfos: “Haber crecido bajo la sombra del sufrimiento nos inclinará a deambular por los callejones de los placeres tristes. Y a diferencia de los otros, nuestra vida estará abrumada por el dilema baladí pero desesperante, de atender nuestros deseos repentinos o satisfacer nuestras necesidades más apremiantes. Hijos sensatos del sufrimiento, desconfiemos del ideal de las felicidades ajenas, construidas con sosiego, cuidado y abundancia o de cualesquiera otras cosas que no forman parte de nuestra vida. Las versiones vulgares de esos ingredientes son para quien ha sido forjado con ellos. Démonos cuenta que esas dichas cubren las necesidades de los otros pero ignoran las nuestras. Abdiquemos del encanto poderoso pero hueco del placer ajeno, y construyamos nuestra dicha con lo que nuestra sensibilidad requiere. Brindémonos una placidez sin precedentes. Respetemos la sensibilidad, que es el único color de nuestro mundo descolorido. Resignémonos no obstante a padecer celos y envidia melancólicos y apacigüemos esa amargura con la convicción firme, de impedir que sucumba nuestra sensibilidad en el desierto de una felicidad extraña donde la frialdad la desahucie, mientras desesperada intente darse calor, con los harapos de los pocos deseos correspondidos.”

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