Dimensiones del hombre

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:

Dimensiones del hombre
[Publicado bajo otro enfoque e incompleto como:
Descartes y Bretón, visiones del hombre]




Introducción

La antropología filosófica al volver al sujeto objeto de reflexión se torna un conocimiento problemático en sí. La pretensión central se vuelca al hombre, del cual debe de clarificar la idea en la medida de lo posible. El punto de vista de dicha disciplina debe de ser lo más abarcante posible. Una de las razones de ello es la clara delimitación que tienen las demás vertientes de la reflexión del hombre, ya que podemos hablar de antropología biológica, social, etc.


Así, podríamos afirmar que la labor de la antropología filosófica no es solo de unir reflexiones previas y de otras disciplinas sino partir también desde una reflexión de la filosofía. Ahora bien, el supuesto que entraña la antropología es considerar al hombre como un ser reflexivo con características que de ello podrían deducirse como, el pensamiento racional.
No obstante, podríamos señalar que se pueden tomar al menos dos caminos: en el primero, se partiría de lo racional para dar cuenta de la esencia del hombre solo sobre éste rasgo; mientras que por otro lado, podríamos encontrar un enfoque que, si bien parte de la razón, se lanza a buscar todos los demás rasgos que nos de una idea más integral del hombre. Sobra decir, que es en sobre este enfoque el cual baso el presente trabajo.


Dejando de lados estas cuestiones generales previas, considero que la definición formal de lo que venga a ser el hombre podría tomarse como la denotación de realidades múltiples, como una estructura abierta y en continua configuración, dicha configuración tendría, como uno de los elementos sustentantes, la creatividad.


Teniendo dicho parámetro, el proceder sería dar cuenta de algunas de esas dimensiones del hombre, para llenar la forma con materia y que no quede en una estructura hueca y limitada de la vasta riqueza problemática que le es inherente al hombre. La metodología a seguir será abordar algunos autores que tienen una determinada idea del hombre que puede transpolarse a una de esas dimensiones en las cuales se mueve el hombre, dando los rasgos generales. Dicha concepción puede no estar del todo explícita pero debe de ser capaz de deducirse y argumentarse acorde con la obra del autor. Delimitaremos el presente trabajo al bagaje cultural-filosófico adquirido en los semestres de ésta licenciatura, los elegidos serían René Descartes, André Bretón y Miguel de Unamuno. Después de reflexionar desde esta perspectiva, y con un análisis crítico de las lecturas de los autores mencionados, cerraría con para una conclusión final, donde esbozaré las ideas tratadas para la construcción de mi reflexión del hombre.


I
”Hablando con precisión, no soy más que una cosa que piensa”[1]

El racionalismo, como corriente filosófica, nace con René Descartes y la publicación del “Discurso del método” en 1637. En su momento, la propuesta cartesiana causó una revolución, pues se pasaba de la escolástica a un movimiento encaminado hacia las verdades claras y distintas y no basadas en los principios de autoridad.


La columna vertebral de este movimiento no fue otra que la afirmación con la que inicia Descartes su discurso, a saber: “El buen sentido es la cosa mejor repartida en el mundo”[2]; aquí, Descartes entiende el ‘buen sentido’ como la razón misma, el entendimiento. Posteriormente irá abriendo poco a poco la propuesta que quiere exponer. Su fin son las verdades claras y distintas de las que no se pueda dudar, y que por tanto serían verdaderas[3] pues deben de asemejarse a las verdades matemáticas, sobre las que encontraría fundamento la nueva filosofía. Si bien lo de las verdades únicas no era tema nueva en la historia del pensamiento, el optimismo con el que Descartes muestra su método si lo es, pues nos asegura que siguiendo sus cuatro reglas[4] podemos afirmar haber encontrado algo cierto, como él lo hará con su propio yo.


Para nuestra sorpresa, Descartes, que encontró tan claro y distinto el yo, elige como naturaleza y esencia del hombre, el ser una cosa pensante. Una concepción que deja de lado muchos aspectos del hombre. Inclusive, el propio filósofo de las meditaciones metafísicas, se da cuenta de lo difícil que sería separar el cuerpo del alma postulando la res extensa y la res cogitans, y le parece más clara la intuición que tiene de ésta que la del cuerpo. Ante lo claro y distinto que aparece el yo, Descartes lo postula como principio de su filosofía: si existimos es porque somos cosas que pensamos. La facultad intelectiva, el buen sentido, se vuelve la legitimadora de toda actividad humana, desde la ciencia hasta la ética (tal cual como la concibió Spinoza).
La esfera de la razón se expande a todo lo humano. Lo que era una revolución crítica del pensamiento, que resaltaba la supuesta madurez en el humano, deviene en una de las más oscuras épocas, agudizando la destrucción del hombre por el hombre. El desarrollo del conocimiento impulsado con la razón trajo adelantos que hicieron creer que la dirección en la que se avanzaba por primera vez en la historia de la humanidad era la correcta. La fe en la razón, como lo propugna el positivismo por ejemplo, parecía tener un mandato: ‘razona y lo demás se os dará por añadidura‘. Pero, la razón, al tender hacia una verdad única o conjunto de verdades únicas, se convierte en fundadora de principios que después sirvieron para legitimar actitudes y actividades donde lo que más se resaltaba era la supuesta madurez del hombre. La supresión de otros aspectos de la vida del hombre llevó a los filósofos a abstraer el hombre al grado de universalizarlo en el plano moral, como hizo, por ejemplo, Kant. Podríamos pensar que si la esencia del hombre es el pensar, desarrollando esta potencialidad llegará a cierto grado de perfección. Pero en el camino hacia el progreso, parece que los filósofos hijos de la razón, legítimos o ilegítimos, olvidaron algo.


II
“Una noche, senté a la belleza en mis rodillas.
Y la encontré amarga. Y la injurié.”[5]

La circunstancia que da por sentada toda la era racional al hombre, no es suficiente para unos cuantos. Frente a quienes afirman que el hombre es una sustancia pensante, Bretón afirma a éste como soñador sin remedio[6]. El sueño que propugna Bretón, no es otra actitud que la de aquél que harto de su circunstancia, la vomita hasta sacarla de sí para poder de nuevo llenar los pulmones de aire y emprender un largo viaje hacia lo que le brinde sentido. Es ese mismo individuo el que sentó, hace poco, al mundo ‘perfecto’ que le pudo dar la razón, pero lo encontró de un tono gris, por lo que lo arrojó fuera de sí. Su memoria le traía reminiscencias de un mundo multicolor, que probó en una época donde la inocencia era el pan de cada día.


Frente la necesidad de pensar, Bretón exige: “quiero la locura, ‘la locura que solemos recluir’”[7]; el vuelo de la vitalidad por los cielos de la imaginación; el despliegue de las alas de la animalidad sobre el cuerpo ya entumido del hombre racional. Y es que, si la razón es incapaz ya de dar algo nuevo al hombre como no sea una situación más dolorosa que acabe por llevar hasta las últimas consecuencias dicha actitud, es necesario volver a la reflexión que parte del hombre y debe llegar al hombre. La búsqueda por alternativas lleva a Bretón a interrogarse: “¿Cuándo llegará señores lógicos, la hora de los filósofos durmientes?”[8]. Esos filósofos durmientes son aquellos que investigan en la caverna clausurada por el racionalismo, la del inconsciente; su brújula es el sueño. Y es que está actitud es del todo innovadora, como lo fue en su tiempo el racionalismo, pareciera que Bretón ha descubierto la veta de una mina nueva, que parece rica en oro y a la cual es menester explotar y aprovechar hasta el cansancio.

La nueva actitud pronto cae en los mismos extremos del racionalismo, del cual surgió como reacción. Al proponer una moral, contradice la de las costumbres y antepone una donde la supuesta espontaneidad marcará el acto más puro del surrealismo (que Bretón señala en el “Segundo Manifiesto Surrealista”) ejemplificado con el tipo que sale a la calle con un revólver en la mano y asesina a cuanta persona se le pone enfrente hasta que sean capaz de detenerlo[9].
La realidad es vista como algo grotesco de lo cual se debe de escapar o enfrentar, pero nunca estar de acuerdo con ella. La belleza la encontramos en el mundo onírico, o bien en esos breves espacios de la vigilia donde el inconsciente surge efímeramente para darnos un breve soplo del aliento productor de excelsitud. Lo onírico reclama su lugar como algo claro y distinto, pues es tan fuertemente vivido que no podemos dudar de ello. La nueva realidad no es la dada y explicada por lo racional sino la que vemos reflejada en nuestros sueños, donde, sí nos realizamos plenamente porque no cabe la posibilidad de algo mejor o peor, simplemente se es. Finalmente, Bretón afirma: “…creo en la pura alegría surrealista del hombre que, consciente del fracaso de todos los demás, no se da por vencido, parte de donde quiere y, a lo largo de cualquier camino que no sea razonable, llega a donde puede.”[10]. La única senda que queda por recorrer, para nuestro pensador, es la que pugna el surrealismo, el destino del hombre, si quiere superarse, es volver por el camino del inconsciente. Luego, no hay más, la verdad vuelve a ser una: la dimensión onírica envuelve al hombre y en su brillo, opaca las demás dimensiones.


III
“Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar”[11]

Unamuno afirma al humano como un ser concreto del cual se han olvidado las filosofías que le precedieron, pues proceden a abstraerlo y colocarlo como una idea, muy lejana de ésta realidad. Lo que buscará nuestro filósofo serán las notas que permitan diferencial al hombre del animal.
Y cree encontrar la diferencia esencial en el sentimiento en el más pleno sentido de la palabra: llorar y reír como ejemplos plásticos. Ante la afirmación del hombre como ser sentimental, no podemos más que maravillarnos de que sea ésta afirmación no sólo tomada en cuenta, sino que sea elevada al rango de esencia del hombre.


Nuestro Filósofo piensa, y con razón, que el hombre que se enfrenta a su circunstancia día a día lo hace no con la razón sino con actitud. Y ésta solo puede ser tal en base a una emoción. La vida sería un transcurrir de estados: ya la alegría, ya la tristeza. Poca dura nuestro estado de anonadamiento y nos damos cuenta de que hemos caído en otra abstracción, primero del hombre luego del sentimiento que regiría todo el existir humano. Estamos hablando del sentimiento de inmortalidad que anega al hombre: “Se vive en el recuerdo y por el recuerdo, y nuestra vida espiritual no es, en el fondo, sino el esfuerzo de nuestro recuerdo por perseverar, por hacerse esperanza, el esfuerzo de nuestro pasado por hacerse porvenir”[12]. El ser sentimental se transforma radicalmente en el ser para la inmortalidad, asistimos a una doble abstracción: primero, hombre, ser sentimental; luego ser sentimental: ser de búsqueda, inherente, de la perpetuación. No se vive por vivir el momento, se niega la eudemonía, la dimensión del hombre es buscar como permanecer.


IV
“Hombre soy, a ningún hombre estimo extraño”[13]

Después de topar con pared tres veces: con el padre del racionalismo, con el padre del surrealismo y con uno de los representantes del vitalismo, menester es frenarnos y analizar las sendas recorridas. Encontramos la especulación como puerta de salida que tomaron nuestros pensadores. Podría objetarse la falta de objetividad y experimentación, pero eso es cosa que no nos interesa por el momento pues, en mi opinión, alcanzaron a visualizar alguna de las dimensiones del hombre: pensamiento, sentimiento, sueño (instinto), etc.

El problema parece venir en dichos ámbitos, por querer fundamentar una universalización y reducción del hombre a tal o cual dimensión llegando a negar las demás. Pero cabría preguntar realmente, por ejemplo a Unamuno: ¿El hombre deja de ser tal por dejar de sentir? El problema de erigir tal o cual característica como esencia, niega toda posibilidad de ‘otros’, que siendo humanos sean distintos y no compartan dicha categoría. De lo anterior parece que aún reforzamos nuestro supuesto inicial: solo una propuesta abarcante a más no poder, da cuenta en mayor o menor grado del hombre. A esto debemos aunar la frase con la que empezamos ésta sección y afirmar con toda convicción que al ser hombres (no humanos, es decir hombres abstraídos), cualquier hombre no nos puede ser ajeno del todo, puede ser ‘otro’ pero ‘otro’ hombre.


La reflexión antropología, por ende, debe de proyectar la visión que se tiene del hombre en tal o cual circunstancia sin pretender, ni de principio ni fin, ser la única o la que de cuenta de todo el ser humano. Siendo así, podemos integrar el ser racional, el ser onírico y el ser sentimental, no ya como fragmentos que provocaron miopía en multitudes, sino como partes conformativas de un todo, que a nuestro gusto sería el, hombre de carne y hueso que, como diría Unamuno, ríe, llora y sobre todo llora, el hombre concreto[14], del que partió la filosofía. La propuesta más acertada, parece ser la que vislumbró Bretón en su segundo manifiesto, pero que después olvido:
“Todo induce a creer que en el espíritu humano existe un cierto punto desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser vistos como contradicciones”[15]





Bibliografía

BAUDELAIRE, Charles; “Obra poética completa”; Edición de: Enrique López Castellón; Editorial Akal; 1ª Edición, España 2003.

BRETON, André; “Manifiestos del surrealismo”; Traductor: Andrés Bosch; Visor libros; 1ª Edición; España 2002.

DESCARTES, René; “Discurso del método”, “Meditaciones Metafísicas”; Ed. Porrúa; Col. “Sepan cuantos…” Núm. 177; 20ª Edición, México 2004.

RIMBAUD, Arthur; “Una temporada en el infierno”; Ed. Coyoacán; Col. Reino Imaginario; 3ª Edición, México 1997.

UNAMUNO, Miguel de; “Del sentimiento trágico de la vida”; Edición de Antonio López Medina; Biblioteca Nueva; 1ª Edición, España 1999


[1] DESCARTES; René; Meditaciones Metafísicas; México 1971; p. 67
[2] DESCARTES, R.; Discurso del método; México 1971; p. 9
[3] Cfr. Ibíd. p. 24
[4] Cfr. Ibíd. p. 17
[5] RIMBAUD, Arthur; Una temporada en el infierno, México 1997; p. 13
[6] Cfr. BRETON, André; Manifiestos del surrealismo; España 2002; p. 15
[7] Ibíd. p. 16
[8] Ibíd. p. 22
[9] Crf. Ibíd. p. 112
[10] Ibíd. p. 51
[11] UNAMUNO, Miguel de; “Del sentimiento trágico de la vida”; España, 1976; p.49
[12] Ibíd. p. 53
[13] UNAMUNO, op. cit. p.47
[14] Cfr. UNAMUNO, Miguel de; Del sentimiento trágico de la vida; España 1999; p. 71
[15] BRETON Op. Cit. P. 111

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