Recordando a Amado Nervo

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:

Con un aire de nostalgia, dirijo mi mirada hacia ningún lugar pretendiendo escapar de los pensamientos y de la imposición de la categoría de la causalidad a todo objeto que se me presenta. ¡Vano intento! ¡Frágil voluntad! Más pronto que tarde, topo con pared, cae la espada de Damocles y la realidad hace que despierte de mi ensueño sin sueños y me topo con el abismo frente al que estoy. El aire me devuelve la siempre dolorosa claridad y la mirada al vacío, cada molécula hace que germinen mis ansias por lanzarme, y mi miedo se eleva al infinito, terror no a lanzarme sino a querer hacerlo (como señala Kundera). ¿Por qué este apetito? Viene de la agonía de mi capacidad onírica, del ocaso de los sueños que me deja en la eterna noche de la realidad. Antes buscaba el complemento de mi vida, deseaba con vehemencia comprobar empíricamente el relato de Aristófanes en el Symposio platónico; mi cuerpo deshecho, derrota tras derrota, cayó en el lecho del hastío. El corazón desacelero sus latidos, los pulmones piden cada vez menos aire. Mi mente, cansada de pensar, creía que en dicho estado llegaría a quien esperaba. No obstante, los besos que devuelven el oxígeno, las manos que dan vida al corazón, ya han estado allí y el cuerpo sigue inerte, yerto… Los labios se tornan purpúreos, la piel grisácea, los ojos pierden el brillo. Eros ha abandonado mi ser, mi númen, mi causa eficiente y final se aleja, todo yo le pide que se quede, con la debilidad en mis miembros vierto libaciones, con mi tartamudez lanzo invocaciones, pero todo se estrella en el vacío…en tortuosa agonía, mi existencia se torna y sollozo con los versos de Amado Nervo en los labios: “¡Acógeme, por Dios! Levanta el dedo, vestal, ¡que no me maten en la arena!”

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