A los amores desgarradores

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Detén tu beso caliente, antes de que toque mis labios querido mío. Basta de caricias, basta de cariños… Deja el amor, aparta la ternura. Y, te lo suplico, ¡hazme daño! Inflige dolor en este cuerpo insensible que, sin duda, no nació para el amor suave. Dulce ilusión es ésta, por eso no se marca en la piel. Que aquello que no duele, bien lo dice el refrán, no ha de servir. Pues yo de lo ruego: de fiel enamorado a verdugo feroz torna tu ser, que si el amor ha de sufrirse, dime entonces: ¿para qué es? ¡Que en las cantinas cante yo toda la desilusión! ¡Que noche tras noche perdido me encuentre en el alcohol! Así, escrito y cantado está. Todo lo demás, todo lo demás: ¡no lo conozco yo! Sea el azote de tu desprecio mi pan de cada día. Erígete en el camino con espinas sin fin que he de transitar. Que si sangre no se derrama por el amado, éste no nos debe de escuchar. Deja pues que corran las lágrimas como torrente, no me pidas más que sea feliz si mi esencia es ser-sufriente. Ojala pronto la locura me cambie, de suerte que tú, con el desprecio que te pedio, así me hables. ¡Que en las cantinas cante yo toda la desilusión! ¡Que noche tras noche perdido me encuentre en el alcohol! ¡Que el amor del que hablaba Rimbaud jamás se reinventó!

De café y de amor

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A cada sorbo de este buen café, me doy cuenta que te quiero más y más. Mi alrededor se nubla y te veo frente a mí, mientras el caliente fluido se encuentra en mi boca. Pienso en la luz de tus ojos iluminando la noche, en tu boca apagando la sed, mi enfermedad cuasieterna y tus brazos aferrándome a la existencia. Más que cafeína, pareciera alucinógeno: pero el efecto es detonado por el sentimiento que me hermana a ti. Placer inmenso, solo podría ser superado por tu presencia patente, pero en este momento tu evocación dota a mi ser de nuevas ansias, nuevos deseos de asir mi mundo y el tuyo, sin que dejen de ser eso: dos mundos. ¡Dicha que se antoja eterna! ¡Café no te acabes! Lo raciono, últimos instantes de gloria, pero me quedaré en las nubes: con el sabor del café en mi boca y tu imagen en mi mente…



De café y de amor, claro sentido frente al error.
De café y de amor, bálsamo por las heridas del dolor.
De café y de amor, nuevo tópico del interpretador.
De café y de amor, la imagen bella del pintor.
De café y de amor, los sonidos nuevos del cantor.
De café y de amor, que no diga nada quien no sabe de honor.
De café y de amor, digamos adiós al terror.
De café y de amor, ya no hay más destructor.
De café y de amor, así el fin y el principio de esto, sella el escritor.




A menudo, hacen falta metáforas para expresarme. No me jacto de haberlo conocido todo, pero algo sé de la vida: en cortos instantes se ha sentado al lado mío y terribles y profundos secretos me ha contado. Pero expresarlos ha dejado de ser la eucaristía de mis días. Harto tedioso se ha vuelto, bastante repetitivo como la vida misma. ¿Faltan formas o contenido? Lo cuestionable, nuevamente, es el sentido de expresar el sentimiento mismo. Alguna vez lo dijo Camus, lo que le hace falta tanto a los momentos tristes como los felices es un punto de explicación. Y creo que me encuentro en el momento en que mi ser entero clama por ese sentido, antes solo a nivel conciente pero ahora ambas divisiones se desgarran mostrando el abismo que se vuelve la existencia en sí misma. Juro que no le entiendo a Nietzsche, la alegría y el eterno retorno de lo mismo no puedo interpretarlo (y sentirlo, en la más amplia significación de la palabra) más que como absurdo derivando de ello tedio, spleen y levedad. He observado, con mirada escrutiñadora, dicha circularidad más aún: la he vivido. Y ¡ay de mí! ¿cómo enfrentarla? ¿se puede escapar de ella? A menudo, hacen falta metáforas para expresarme…

Otros tiempos

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Hace no mucho, tenía la intención de escribir una oda tan rítmica como una balada, ¡es más!: una sinfonía completa al dolor lacerante de la existencia: la orquesta y las partituras estaban listas pero yo, agotado director, no encontré por ningún lado la batuta: tal desgarramiento inundaba mis miembros fatigados, convalecientes de vitalidad. Ahora, con la torpeza del principiante, entono mis primeras notas inspiradas por nuevas musas, letras diferentes son escritas por la misma pluma vieja de mi escritorio, que utiliza la sangre, fluido de mis venas. Como los primeros sonidos del que aspira a entonar las más bellas tonadas, asó son estos primeros grafemas: un tanto toscos, pero llenos de una vitalidad nueva, que se re-nueva, pero que no alcanza su plenitud. Un inicio, del clarear del sol por la mañana. La siguiente fase del ciclo: "¿Era esto la vida? ¡Bien! ¡Otra vez!"[1].







[1] Nietzsche, F.

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