23 de enero de 2007

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:



Percibo el olor previo a la muerte en mi habitación. El estupor sube desde el suelo, como el agua arrancada por el sol en una tarde de verano. Mi ropa se encuentra impregnada de ello. Mi cuerpo le transpira y no hay perfume, por más fino y embriagante, que pueda neutralizarlo.

Hace tiempo ya, que el sahumerio de la vida se extinguió junto con la flama que lo alimentaba, el amor, que fue sofocada por un ventarrón de realidad cuando osé abrir las ventanas.

Creí que mi existencia se colmaría de vacío, que no habría si quiera un incienso que colmará mi olfato, la idea de la nada me aterraba.

Pero una noche, tras terroríficos sueños, al despertar ya nada era igual; mi cuerpo se marchitaba semejante a la margarita atormentada por los gases tóxicos de la ciudad. Y, cual pez sacado del agua, me esforzaba por encontrar aire con mi nariz.

Solo encontré este aire nauseabundo, procedente del Hades, y que me señala el camino y la ruta que debo de seguir.

¡¿Y qué, no quedará nada de mi efímera existencia?! ¿Serán los gusanos los que me tengan más piedad, y rindan tributo a mi cadáver hasta el fin?

Tan hueca ha sido esta vida, que ni con certeza sé, si estas líneas torvas que pretenden expresa lo asqueado de mi ser con este aroma nauseabundo que me sigue a todos lados, puedan sobrevivir al autor maltrecho que las escribió…

Ideales

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Ideales...

Ideales, eternas efigies que marcan la existencia del hombre ensombreciéndola en un eterno eclipse que desfigura las efímeras líneas que pretenden imprimir la extensión a todas las cosas.

Pinturas tan hermosas que al ser comparadas con un burdo paisaje, se antojan imposibles, lejanas y solo capaces de ser alcanzadas en la realidad onírica.

Agua de la que hace mucho tiempo el nazareno dijo que quitaría la sed de una vez y para siempre...Pero que es inalcanzable para los simples mortales, destinados a beber agua por toda su corta vida.

Hermoso cielo del que hablan los antiguos, edad primigenia que una vez superada y, por ende, pervertida no se vuelve nunca. Y siempre en eterna agonía, con poderosa nostalgia, bajo una lupa de tristeza, se le ve.

¿Para que más metáforas, ideales ensalzados? Constructos mentales paridos por el ansia de inmortalidad del humano.

¿No prueba acaso su inmortalidad, el hecho de que son torturas para el hombre que nada en el mar de lo contingente?

Ideales, lacerantes cual afiladas espadas de una legión de demonios provenientes del mismo averno y mandados en cruzada contra toda felicidad humana.

De sus consecuencias debería derivarse su abolición para toda la raza humana...Pero sin ustedes, ideales, ¿Qué sería la vida humana?

¿Sería el transcurrir de un instante insoportablemente leve a otro igual o de similar levedad? ¿Cómo hilar momentos al parecer contingentes hacia algo más sublime?

¡Oh ideales! Corona de espinas que se cierne sobre la mente humana, manto que envuelve la débil piel del hombre, sol que alumbra la oscuridad eterna que se cierne sobre el animal racional...

Racionalismo y Surrealismo: Visiones del hombre

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Racionalismo y Surrealismo:
Visiones del hombre


Introducción


El presente ensayo, es una reflexión en torno a las propuestas hechas por Breton y Descartes en sus respectivas épocas.

La justificación viene de que siendo Descartes el fundador del racionalismo, y éste es el movimiento criticado por Breton, habría una necesidad de conocer los fundamentos de los que parte y nace la corriente de los denominados por Breton, señores lógicos.

Por el lado del surrealismo, lo consideramos como un movimiento reflexivo en toda su magnitud, debido a sus fundamentos y los objetivos que se propone: hacer una crítica a los sistemas imperantes, crítica a las costumbres, etc.; además que parte de su sostén teórico viene de la mano de Freud.

Dividimos el presente en tres partes: en la primera, se exponen algunas notas relativas a la obra cartesiana y sus propuestas. En la segunda, plasmo algunas ideas que Breton da a conocer en sus manifiestos del surrealismo. Y, finalmente, en la tercera parte hago una pequeña valoración de ambas como propuestas en tanto que visiones del hombre.





I

”Hablando con precisión, no soy más que una cosa que piensa”[1]

El racionalismo, como corriente filosófica, nace con René Descartes con la publicación del “Discurso del método” en 1637. En su momento, la propuesta cartesiana causó una revolución, pues se pasaba de la escolástica a un movimiento encaminado hacia las verdades claras y distintas y no basadas en los principios de autoridad.

La columna vertebral de este movimiento no fue otra que la afirmación con la que inicia Descartes su discurso, a saber: “El buen sentido es la cosa mejor repartida en el mundo”[2]; aquí, Descartes entiende el ‘buen sentido’ como la razón misma, el entendimiento.

Posteriormente irá abriendo poco a poco la propuesta que quiere exponer, su fin son las verdades claras y distintas de las que no se pueda dudar, y que por tanto serían verdaderas[3] pues deben de asemejarse a las verdades matemáticas, sobre las que encontarían fundamento la nueva filosofía.

Si bien lo de las verdades únicas no era tema nueva en la historia del pensamiento, el optimismo con el que Descartes muestra su método si lo es. Pues nos asegura que siguiendo sus cuatro reglas[4] podemos afirmar haber encontrado algo cierto, como él lo hará con su propio yo.

Para nuestra sorpresa Descartes, que encontró tan claro y distinto el yo, elige como naturaleza y esencia del hombre, el ser una cosa pensante. La concepción que se innova deja de lado muchos aspectos del hombre.

Inclusive, el propio Filósofo de las meditaciones metafísicas, se da cuenta de lo difícil que sería separar el cuerpo del alma postulando la res extensa y la res cogitans, y le parece más clara la intuición que tiene de ésta que la del cuerpo.

Ante lo claro y distinto que aparece el yo, Descartes lo postula como principio de su filosofía, si existimos es porque somos cosas que pensamos.

La facultad intelectiva, el buen sentido, se vuelve la legitimadora de toda actividad humana, desde la ciencia hasta la ética (tal cual como la concibió Spinoza).

La esfera de la razón se expande a todo lo humano. Y poco a poco, lo que era una revolución crítica del pensamiento, que resaltaba la supuesta madurez en el humano, deviene en una de las más oscuras épocas, agudizando la destrucción del hombre por el hombre.

El desarrollo del conocimiento impulsado con la razón, trajo adelantos que hicieron creer que la dirección en la que se avanzaba por primera vez en la historia de la humanidad era la correcta.

La fe en la razón, como lo propugna el positivismo por ejemplo, parecía tener un mandato: ‘razona y lo demás se os dará por añadidura‘

Pero, la razón, al tender hacia una verdad única o conjunto de verdades únicas, se convierte en fundadora de principios que después sirvieron para legitimar actitudes y actividades donde lo que más se resaltaba era la supuesta madurez del hombre.

La supresión de otros aspectos de la vida del hombre, llevo a los filósofos a abstraer el hombre al grado de universalizarlo en el plano moral, por ejemplo con Kant y su imperativo categórico.

En el camino hacia el progreso, parece que los filósofos hijos de la razón, legítimos o ilegítimos, olvidaron algo.





II

“Una noche, senté a la belleza en mis rodillas.
Y la encontré amarga. Y la injurié.”[5]

La circunstancia que da por sentada toda la era racional al hombre, no es suficiente para unos cuantos; frente a quienes afirman que el hombre es una sustancia pensante, Breton afirma a éste como soñador sin remedio[6].

El sueño que propugna Breton, no es otra actitud que la de aquél que harto de su circunstancia, la vomita hasta sacarla de sí para poder de nuevo llenar los pulmones de aire y emprender un largo viaje hacia lo que le brinde sentido.

Es ese mismo individuo el que sentó hace poco, al mundo ‘perfecto’ que le pudo dar la razón, pero lo encontró de un tono gris, por lo que lo arrojó fuera de sí; su memoria le traía reminiscencias de un mundo multicolor, que probó en una época donde la inocencia era el pan de cada día.

Frente la necesidad de pensar, Breton exige: “quiero la locura, ‘la locura que solemos recluir’”[7]; el vuelo de la vitalidad por los cielos de la imaginación; el despliegue de las alas de la animalidad sobre el cuerpo ya entumido del hombre racional.

Y es que, si la razón es incapaz ya de dar algo nuevo al hombre como no sea una situación más dolorosa que engendre por llevar hasta las últimas consecuencias dicha actitud, es necesario volver a la reflexión que parte del hombre y debe llegar al hombre.

La búsqueda por alternativas, lleva a Breton a interrogarse: “¿Cuándo llegará señores lógicos, la hora de los filósofos durmientes?”[8]. Esos filósofos durmientes son aquellos que investigan en la caverna clausurada por el racionalismo, la del inconsciente; su brújula es el sueño.

Y es que está actitud es del todo innovadora, como lo fue en su tiempo el racionalismo, pareciera que Breton ha descubierto la veta de una mina nueva, que parece rica en oro y a la cual es menester explotar y aprovechar hasta el cansancio.

La nueva actitud, pronto cae en los mismos extremos del racionalismo, del cual surgió como reacción. Al proponer una moral, contradice la de las costumbres y antepone una donde la supuesta espontaneidad marcará el acto más puro del surrealismo (que Breton señala en el “Segundo Manifiesto Surrealista”) ejemplificado con el tipo que sale a la calle con un revólver en la mano y asesina a cuanta persona se le pone enfrente hasta que sean capaz de detenerlo[9].

La realidad es vista como algo grotesco de lo cual se debe de escapar o enfrentar, pero nunca estar de acuerdo con ella. La belleza la encontramos en el mundo onírico, o bien en esos breves espacios de la vigilia donde el inconsciente surge efímeramente para darnos un breve soplo del aliento productor de excelsitud.

Lo onírico reclama su lugar como algo claro y distinto, pues es tan fuertemente vivido que no podemos dudar de ello, la nueva realidad no es la dada y explicada por lo racional, si no la que vemos reflejada en nuestros sueños donde sí nos realizamos plenamente por que no cabe la posibilidad de algo mejor o peor, simplemente se es.

Finalmente, Breton afirma: “…creo en la pura alegría surrealista del hombre que, consciente del fracaso de todos los demás, no se da por vencido, parte de donde quiere y, a lo largo de cualquier camino que no sea razonable, llega a donde puede.”[10].

La única senda que queda por recorrer es la que pugna el surrealismo, el destino del hombre, si quiere superarse, es volver por el camino del inconsciente; no hay más, la verdad vuelve a ser una.




III

“¿Vienes del hondo cielo o del abismo sales, Belleza?
¿Sales del negro abismo o bajas de los astros?”[11]

Breton, para quien es inconcebible la realidad producto del racionalismo, afirma al mundo onírico como la realidad, duda de ese producto trasgiversado que le ofrece la razón como primicia de su cosecha y prefiere lanzarse a la búsqueda por otra vía.

Descartes hizo algo similar, frente a las dudas que presentaba el sistema impuesto como reclusor del humano, el afirmar el cogito es una pretensión de derrumbar los esquemas hasta ahora impuestos, y proponer un nuevo sendero.

Ambos, Breton y Descartes, dan a conocer sus propuestas como reacciones a sistemas establecidos que tenían una visión unívoca de la realidad; no obstante, más tarde sus mismas reflexiones tenderían a legitimar las concepciones unívocas: ya racionalismo, ya surrealismo.

Descartes, rescata del hombre la racionalidad como ya se ha dicho, pero esta facultad en el hombre siempre está relacionada con lo celeste, con lo virtuoso (como lo podemos ver en los diálogos platónicos, por ejemplo); mientras que, por otro lado; Breton trata de retomar otra facultad del hombre: la vitalidad (ya que el mundo onírico, según la interpretación que hace Breton de Freud, nos viene dado por el inconsciente).

No obstante, vemos claramente que estas dos propuestas nos dan una visión fragmentaria del hombre y no conforme con la miopía que propugnan, abstraen al hombre mismo dándole como única forma el ser racional o el ser vital (surrealista).

Alejándonos así del hombre de carne y hueso que, como diría Unamuno, ríe, llora y sobre todo llora, el hombre concreto[12], del que partió la filosofía.

La propuesta más acertada, parece ser la que vislumbró Breton en su segundo manifiesto, pero que después olvido:

“Todo induce a creer que en el espíritu humano existe un cierto punto desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser vistos como contradicciones”[13]

Luchar, en la reflexión, por encontrar ese punto, sería el papel del filósofo, plasmarlo el del artista.




Bibliografía




BAUDELAIRE, Charles
“Obra poética completa”
Edición de: Enrique López Castellón
Editorial Akal
1ª Edición
España 2003

BRETON, André
“Manifiestos del surrealismo”
Traductor: Andrés Bosch
Visor libros
1ª Edición
España 2002

DESCARTES, René
“Discurso del método”
“Meditaciones Metafísicas”
Ed. Porrúa
Col. “Sepan cuantos…” Núm. 177
20ª Edición
México 2004

RIMBAUD, Arthur
“Una temporada en el infierno”
Ed. Coyoacán
Col. Reino Imaginario
3ª Edición
México 1997

UNAMUNO, Miguel de
“Del sentimiento trágico de la vida”
Edición de Antonio López Medina
Biblioteca Nueva
1ª Edición
España 1999


[1] DESCARTES; René; Meditaciones Metafísicas; México 1971; p. 67
[2] DESCARTES, R.; Discurso del método; México 1971; p. 9
[3] Cfr. Ibíd. p. 24
[4] Cfr. Ibíd. p. 17
[5] RIMBAUD, Arthur; Una temporada en el infierno, México 1997; p. 13
[6] Cfr. BRETON, André; Manifiestos del surrealismo; España 2002; p. 15
[7] Ibíd. p. 16
[8] Ibíd. p. 22
[9] Crf. Ibíd. p. 112
[10] Ibíd. p. 51
[11] BAUDELAIRE, Charles; Obra poética completa; España 2003; p. 73
[12] Cfr. UNAMUNO, Miguel de; Del sentimiento trágico de la vida; España 1999; p. 71
[13] BRETON Op. Cit. P. 111

2 de Octubre (casi se me olvida)

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2 de octubre (casi se me olvida)

Sé que los gritos de "dos de octubre no se olvida" hace ya semanas que se olvidaron pero hasta ahora me di a la disposición de hacer un comentario referente a la situación que se vivió en Guadalajara.

Después de proyectar algunas películas en un auditorio del CUCSH, algunos amigos me invitaron a la marcha, misma a la que no pretendía asistir, y después de deliberar acepte. Cuando los integrantes de la marcha pretendíamos integrarnos nos dimos cuenta de una diferencia muy marcada en cuanto a quien integraba la marcha.

Por un lado, había gente de la CND (Convención Nacional Democrática); por otro adherentes a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona (entre los que se podía contar a anarquistas). Lo que buscaba cada parte era diferente si bien es cierto, pero había algo que nos unía a todos allí (aunque muchos no fueron capaces de verlo) y esto es el grito del pueblo en contra del gobierno, de un gobierno que ya ha escapado a nuestras manos y se le ha olvidado que la sangre que derramó en Tlatelolco debe de ser pagada.

Entre la divisón, los grupos pretendían hacer sus respectivos mitins aparte, cuando la represión brutal de la policía hizo aparición. Mientras algunos anarquistas grafiteaban algunos edificios que se les aparecían; la policía llega y haciendo uso de la fuerza los lleva presos no sin antes golpearlos con toda la saña posible.

Después de más sucesos (como que tomaron el kiosco, negociaciones, etc.) y de ver como los contingentes se disolvían por igual gracias a la acción de la lluvia...ya no queda más que la reflexión...

Punto uno. No importa el delito o la acción, un ser humano es un ser humano y vale como tal; los derechos de los cuales es acreedor siempre.

Punto dos. La diversidad nos enriquece, la unidad de la diversidad nos hace fuertes.

Punto tres. La descalificación de algo no afirma necesariamente otra cosa. Si yo afirmo que la mesa no es gris, no por eso estoy diciendo de que color es (amarillo, verde, etc.). Así, lejos de lanzar propuestas con negaciones, deberíamos de ser propositivos y realmente gritar que es lo que queremos como una propuesta "afirmativa".

Punto cuatro (último). Lo que en México nos hace falta es una propuesta integrativa (considero que no la hay) o integradora; hay una necesidad de asumir con responsabilidad una actitud que nos lleve a construir la nación que queremos.

Si, ya sabemos que no queremos otro presidente que lea a Borgues, que no queremos a un presidente que firme tratados de libre comercio sumiento a nuestra gente en la pobreza, que no queremos a otro que reprima a quien solo busca expresarse.

¿Qué queremos? Una organización hecha por la gente y para la gente, que no abandone al pueblo del que salió. Un gobierno (del sistema que sea) que este para seguir a la gente que lo puso en ese puesto).

El cómo lograrlo es tarea de todos, lo que nos une es buscar los puntos en común y no las diferencias que multiplicarían los grupos hasta el infinito: marxistas, leninistas, anarquistas, zapatistas, pejistas, etc.

Primero, y ante todo somos mexicanos, luchando por construir una patria realmente mexicana...

El conflicto virtud vitalidad en el cine contemporáneo

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El conflicto virtud vitalidad en el cine contemporáneo
(caso “Letras prohibidas y “Los soñadores”)


Pienso, que el ser humano es un híbrido, una cosa extraña que nunca termina por identificarse como un animal ni como algo racional y lógico; sino que a veces elegimos acciones basándonos en nuestro intelecto y otras más (la mayoría) en lo que nos es placentero; Platón explica esto, en el Fedro de la siguiente manera:
“Dividimos cada alma en tres partes, y dos de ellas tenían forma de caballo y una tercera, forma de auriga (…) de los caballos uno es bueno y el otro no (…) El que ocupa el lugar preferente es de erguida planta, de altiva cerviz, blanco de color, de negros ojos, amante de la gloria con moderación, seguidor de la opinión verdadera (…) El otro es de toscas articulaciones, de grueso y corto cuello, color negro, sangre ardiente, compañero de excesos y petulancias…”[1]

Claramente podemos observar como en la descripción del primer corcel vemos ejemplificada, metafóricamente, la actitud racional: moderada y amante de la verdad; mientras que, por el otro lado encontramos la parte vital: ardiente amante de excesos. El auriga, finalmente, sería la voluntad, el péndulo que oscila entre ambos extremos.

Regresando a nuestro tema, en el caso de las películas que referiremos, la temática es bastante distinta: por un lado se aborda una interpretación sobre la vida del ya legendario Marqués de Sade, y por otro la situación nos lleva a la Francia del mayo de 1968. No obstante, ambas se interconectan en la temática, pues Eros las inunda con un suave soplo, y trae implícito el conflicto que atañe al humano, per se: razón o vitalidad, virtud o animalidad, el nombre no importa.

En “Letras prohibidas” el representante que encara el papel de lo concupiscente, es sin duda el Marqués, símbolo del instinto a flor de piel al que le basta con respirar y tomar una pluma para dejarse fluir. Transpira la sexualidad. Y solo es capaz de seguir siendo funcional, cuando lo plasma en sus obscenos escritos, que serían el instrumento de perversión para muchos.

En “Los soñadores”, pienso que Isabelle y Theo, representan el lado vital, pues ¿cómo no recordar las escenas en que ambos hermanos yacen juntos en el mismo lecho? Además, la desnudez compartida como signo de ese regreso a lo primigenio, a lo primitivo. El instrumento con el que se racionalizaran o pervertiraran (su vitalidad) será el cine.

Por el lado de la virtud, de lo racional no podríamos pensar en nadie mejor que el abad de “Letras prohibidas”, pero pongo una objeción, el abad es la razón llevada a la locura, donde la negación del individuo hacia una de sus partes lo hace destruirse a sí mismo. Así, creo que el papel de la virtud es mejor representado por Simone, la dulce joven criada entre las monjas. Su devoción hacia la fe y los principios religiosos, hacen que la templanza parezca posible. Pero es así, hasta que lee una de las obras del Marqués que cambia su rumbo.

“Los soñadores” no nos trae un representante tan puro como lo es Simone, pero si lo suficiente para significar el camino racional: Matthew, el joven que se desnuda a escondidas de los hermanos, el que ve con asombro y un poco de repulsión como ambos hermanos duermen desnudos y entrelazados. El Matthew que se niega a tener sexo con Isabelle delante de Theo, que nos trae como recuerdo el tan elevado pudor que, según Platón, hacia posible la sociedad.

Dados los papeles de la obra, que se abra el telón y salga el coro a escena. En un primer momento, en ambas cintas tenemos el conflicto agudizado y en tensión. La virtud, tratando de domar a lo vital, y ésta queriendo volar libre sin ningún tipo de ataduras. Simone entregada a su fe, sin querer siquiera consumar el matrimonio con su esposo, Matthew evadiendo la realidad que le plantea el hogar de los dos franceses.

Por otro lado, el Marqués de Sade, émulo a un rey, bailando en el manicomio y Theo e Isabelle bañándose juntos. Erigiendo un monumento plausible a la vitalidad.

Ante la confrontación tan dura, podemos señalar el vínculo por el cual se va a dar plena fusión de ambos, o cierta perversión de la razón: Justine, la obra de Sade, que cae en manos de Simone quién la lee con avidez. Isabelle, representando a una actriz de cine para posteriormente seducir a Matthew.

El elemento femenino se convierte en el puente en el que la razón vuela hacia su hermana, la vitalidad. Simone lo encuentra en las impúdicas letras que le ofrece Sade. Matthew entre las piernas de Isabelle, que le impone como castigo’ su hermano Theo.

Pero es también el elemento femenino el que se deja corromper: Madelaine, siendo fiel condiscípula del abad, Isabelle yendo al cine con Matthew, dejando de vivir simbióticamente con su hermano.

No obstante, cuando parece que esa integración de los opuestos es posible, como convivencia de las voluntades, algo más fuerte irrumpe estruendosamente el estrado: las instituciones ‘reguladoras’. Sade se atraganta con un crucifijo, efigie y estandarte de la Iglesia; Theo e Isabelle mueren en una trifulca con soldados.

Los sobrevivientes de ese ‘equilibrio’ entre los opuestos son Simone y Matthew… ¿Qué decir a todo esto?

Vemos con más claridad la clásica división del alma en razón, concupiscencia y voluntad que hace Platón en el Fedro, y que más tarde le servirá de sustento para elaborar su doctrina política, mediante estas cintas.

Es evidente, siguiendo la secuencia antes esbozada, que el camino recto de la razón lleva a la destrucción del individuo, como en el caso del abad de “Letras Prohibidas”, que lo pierde todo por seguir el camino de la virtud. Por otro lado, el aspecto vital corre hacia su destrucción, Madelaine muere a manos de uno de los reclusos, el Marqués deja la vida creyéndose derrotado.

Pareciera como si los extremos se perdieran, como si estuvieran (en sí) condenados a su muerte desde que nacieron, y en esto hubieran sido paridos de la misma madre.

No obstante, el hombre que sobrevive es aquel que encarna lo que Nemesio pensaba como definición del hombre (como microcosmos), aquel que esta entre espíritu y cuerpo, en nuestra reflexión le llamamos razón y vitalidad.

Simone se marcha a una vida de deleite con el arquitecto que le enseño las delicias del placer; Matthew ha conocido la concupiscencia y se marcha después de besar a Theo e Isabelle que eligen morir.

Habremos de admitir otro caso más… justo al final de Letras Prohibidas, se ven salir los libros del Marqués de la recién instaurada imprenta: es la razón misma la que obra tal artificio en pos de ceder un poco ante la vitalidad, con tal de mantener su domino.

Hay una parte del hombre que, como Kundera[2] pone en boca de la madre de Teresa, en La insoportable levedad del ser, “mea y hecha pedos”, y hay otra también, la guía del alma, la inteligencia que pretende abrazar la verdad entera, como nos dice Platón en el Fedro.

Lejos nos encontramos del “cogito, ergo sum”, que enuncia en sí solo una de las partes del hombre (acaso la más soberbia). El buscar lo simple, lo claro y distinto para concebir al hombre por una de sus facultades es omitir la otra; de alguna manera se asemeja a un silogismo disyuntivo; donde, si bien elegiremos, acarrearemos nuestra destrucción.

Pero, si el hombre tiene ciertas cualidades en potencia y al ser él mismo causa eficiente de su actualización, ¿no puede elegir, en mayor o menor grado, la dosis precisa para sobrevivir y mantener su unidad íntegra?

¿Será acaso que hay algo más que la tensión del arco y la lira? Pues el al arco se le acaban las flechas y su hilo se rompe y la música de la lira se topa con el silencio o el rompimiento de sus finas cuerdas… Parece ser que hay otra divinidad más poderosa que renace de las cenizas fruto de la lucha de Dionisio y Apolo, osamentas no de una confrontación sino de un suicidio deliberado.



BIBLIOGRAFÍA

PLATÓN
Diálogos
Fedro
Tomo III
Ed. Gredos
Primera Edición
Madrid 1986

KUNDERA, Milán
La insoportable levedad del ser
Tusquets editores
Barcelona 1985
[1] Platón, Fedro253d-e
[2] Kundera, Milán; La insoportable levedad del ser (Página pendiente)

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