Un día sin ideales

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Rescatado de un antiguo manuscrito, invadido por manchas de lágrimas, de autor anónimo e imposible es determinar la época en que fue escrito solo se sabe con certeza que no es actual.

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Un día, hace mucho tiempo, tuve los más bellos ideales. Mis pensamientos, como materia, llenaban las formas más sublimes que pudiera concebir. Todo tenía un sentido de ser y para ser. El mundo reflejaba cierto Logos que yo buscaba. El amor, la belleza, la armonía, el equilibrio, la templanza eran mi bandera y mi búsqueda. Amor tan puro concebí, que al enfrentarme con el mundo, me di cuenta que dentro de mí escondía, cual oscura maldición, una caja de Pandora. La abrí, después de tanta herida los cerrojos quedaron débiles tras cada cuchillada hasta que se rompieron. Y es que amor tan puro e inocente no se encuentra en este mundo, en el que todo es tan efímero. La unión que ansiaba entre cuerpo y alma, sexo y amor, nunca se efectuó; así, ansioso de entregarlo todo, con nada me quedé. Envuelto en el denso manto de la soledad, buscaba en el rastro más pequeño de luz para sostenerme pero así, fui capaz de ver como todo era banal, incapaz fui de ver jerarquías; cualquiera que pasará frente a mí, era digno de mi entrega total si cumplía mínimos requisitos. El amor puro en vulgar se tornó, como el mundo en donde tenía mi ser. ¡Y yo que anhelaba fundirme y entregarme, en el amor, a otra persona, lo sacro de mi alma, entre lo vulgar profanice! El ideal de belleza se convirtió no en una ilusión, sino en un reproche pues como aquel que es capaz de ver la naturaleza con su plena belleza y no es capaz de reproducirla en lo más mínimo, sino que con los más toscos detalles, lejos de enaltecerla la denigra, eterno castigo le espera. Soñé también con ser un guerrero, que se levantara con las heridas detrás de cada batalla a continuar por su causa. Pero tras fuertes embestidas mi escudo y mi espada se fueron cuarteando y quedé de rodillas, derrotado en medio de la batalla más importante: la de mi vida. Las heridas no cerraban, la energía no volvía, pero lo más doloroso era la carencia absoluta de sentido: no saber para que vivir, no saber para que morir, ignorar porque se lucha… Otra ilusión más lejana: la de ser Pitio del Apolo místico, fundirme con el infinito. Pero mis oídos nunca estuvieron listos para el maestro que los llenaría de sabiduría, hierofante que nunca llegó. La noche oscura se torno eterna y nunca se fue de mí. Solo hay sombra, la noche impregna mi ser, y la desesperanza le da todo el matiz al mundo que veo. Parece que todas las cosas que salen a mi lado tienen grabado el nombre de soledad. Incluso lo que antes me aparecía como claro y distinto, ahora se erigen en enredosas dudas. ¿Vale la pena vivir una vida sin sentido? ¿Cómo continuar una existencia si carece de todo fin? ¿Cómo puedo levantarme y seguir mi vida diaria sin llegar a responder aunque sea temporalmente a las 4 causas aristotélicas? ¿Qué hay sobre la eficiente y la final, sobre lo que me mueve y el para que, respectivamente? A lo lejos el aire mueve las ramas de los árboles, semejando todo a algún cuadro triste. “Soledad infinita, que no se acaba, que es y no puede dejar de ser”, antes encontraba esto como cierto, ahora también arroja dudas. Parece que la nueva certeza es la levedad, que transmuta todo en banalidad y futilidad. No soporto más, siento que esa levedad me anega y que voy a dejar de respirar en cualquier momento. No quiero una vida así, quiero dejar de seguir viajando sin brújula. Ganas me dan de huir de todo; pero sé a la perfección que no podré huir de quien más deseo…de mí. Asco y repulsión siento, al haber deseado en algún momento una vida así: de sombra. Parece que el Hades ha extendido su territorio en mi vida, vagabundo ando, apátrida, extranjero y ajeno al todo.

Y sin embargo

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De sobras sabes que eres la primera,que no miento si juro que daríapor ti la vida entera,por ti la vida entera;y, sin embargo, un rato, cada día,ya ves, te engañaríacon cualquiera,te cambiaría por cualquiera
.
Ni tan arrepentido ni encantadode haberme conocido, lo confieso.Tú que tanto has besadotú que me has enseñado,sabes mejor que yo que hasta los huesossólo calan los besosque no has dado,los labios del pecado.

Porque una casa sin ti es una emboscada,el pasillo de un tren de madrugada,un laberintosin luz ni vino tinto,un velo de alquitrán en la mirada.

Y me envenenan los besos que voy dandoy, sin embargo, cuandoduermo sin ti contigo sueño,y con todas si duermes a mi lado,y si te vas me voy por los tejadoscomo un gato sin dueñoperdido en el pañuelo de amarguraque empaña sin mancharla tu hermosura.

No debería contarlo y, sin embargo,cuando pido la llave de un hotely a media noche encargoun buen champán francésy cena con velitas para dos,siempre es con otra, amor,nunca contigo,bien sabes lo que digo.

Porque una casa sin ti es una oficina,un teléfono ardiendo en la cabina,una palmeraen el museo de cera,un éxodo de oscuras golondrinas.

Y cuando vuelves hay fiestaen la cocinay bailes sin orquestay ramos de rosas con espinas,pero dos no es igual que uno más unoy el lunes al café del desayunovuelve la guerra fríay al cielo de tu boca el purgatorioy al dormitorioel pan de cada día

Joaquín Sabina

La tentación de existir

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Se levantó con una de esas resacas que solo el tinto es capaz de producir, lo extraño es que el calendario marcaba un lunes. Asqueado de cuerpo y mente con indisimulada coherencia y unas ganas de vómito en el estómago y en el alma. La búsqueda de razones continuaba y no había sido capaz de encontrar alguna que le moviera a dejar de ser lo que era. Escuchaba argumentos de algunas personas que decían que el sentido se encontraba en sí mismo, pero él prefería los argumentos de Frankl: la búsqueda de sentido era de algo exterior dios o la pareja, pero como dios ya había muerto (al menos eso dicen) se decidió por la pareja. Por tanto solo existiría en tanto que la buscara y la encontrara. Cuando derrotado se sentía y decidía no moverse en señal de protesta ante el mundo que seguía girando, sentía esas ansías que después de lo dicho, bien podrían calificarse con una tentación desgarradora: la tentación de existir. Y buscaba su otra parte, releía el Symposio platónico, los amorosos de Sabines, el poema número 20 de Neruda; escucha Sabina, la Vargas, José Alfredo, Juan Gabriel; y la tentación se incrementa. Se siente en el eterno forcejeo entre el ser y la nada, en el filo de la espada, viviendo en la flama. Se existe, pero no se existe, es otro estado que solo provoca esta tentación de existir.

Los amorosos

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Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan. Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan. Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor. Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte. Esperan, no esperan nada, pero esperan. Saben que nunca han de encontrar. El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro. Los amorosos son los insaciables, los que siempre —¡qué bueno!— han de estar solos. Los amorosos son la hidra del cuento. Tienen serpientes en lugar de brazos. Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos. Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos. En la obscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto. Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago. Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo. Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como en una lámpara de inagotable aceite. Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse. Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación. Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas. Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida. Y se van llorando, llorando la hermosa vida.



Jaime Sabines


My eye

Author: B. Rimbaud /


Si los ojos son el reflejo del alma, esto es...¿?







Dimensiones del hombre

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:

Dimensiones del hombre
[Publicado bajo otro enfoque e incompleto como:
Descartes y Bretón, visiones del hombre]




Introducción

La antropología filosófica al volver al sujeto objeto de reflexión se torna un conocimiento problemático en sí. La pretensión central se vuelca al hombre, del cual debe de clarificar la idea en la medida de lo posible. El punto de vista de dicha disciplina debe de ser lo más abarcante posible. Una de las razones de ello es la clara delimitación que tienen las demás vertientes de la reflexión del hombre, ya que podemos hablar de antropología biológica, social, etc.


Así, podríamos afirmar que la labor de la antropología filosófica no es solo de unir reflexiones previas y de otras disciplinas sino partir también desde una reflexión de la filosofía. Ahora bien, el supuesto que entraña la antropología es considerar al hombre como un ser reflexivo con características que de ello podrían deducirse como, el pensamiento racional.
No obstante, podríamos señalar que se pueden tomar al menos dos caminos: en el primero, se partiría de lo racional para dar cuenta de la esencia del hombre solo sobre éste rasgo; mientras que por otro lado, podríamos encontrar un enfoque que, si bien parte de la razón, se lanza a buscar todos los demás rasgos que nos de una idea más integral del hombre. Sobra decir, que es en sobre este enfoque el cual baso el presente trabajo.


Dejando de lados estas cuestiones generales previas, considero que la definición formal de lo que venga a ser el hombre podría tomarse como la denotación de realidades múltiples, como una estructura abierta y en continua configuración, dicha configuración tendría, como uno de los elementos sustentantes, la creatividad.


Teniendo dicho parámetro, el proceder sería dar cuenta de algunas de esas dimensiones del hombre, para llenar la forma con materia y que no quede en una estructura hueca y limitada de la vasta riqueza problemática que le es inherente al hombre. La metodología a seguir será abordar algunos autores que tienen una determinada idea del hombre que puede transpolarse a una de esas dimensiones en las cuales se mueve el hombre, dando los rasgos generales. Dicha concepción puede no estar del todo explícita pero debe de ser capaz de deducirse y argumentarse acorde con la obra del autor. Delimitaremos el presente trabajo al bagaje cultural-filosófico adquirido en los semestres de ésta licenciatura, los elegidos serían René Descartes, André Bretón y Miguel de Unamuno. Después de reflexionar desde esta perspectiva, y con un análisis crítico de las lecturas de los autores mencionados, cerraría con para una conclusión final, donde esbozaré las ideas tratadas para la construcción de mi reflexión del hombre.


I
”Hablando con precisión, no soy más que una cosa que piensa”[1]

El racionalismo, como corriente filosófica, nace con René Descartes y la publicación del “Discurso del método” en 1637. En su momento, la propuesta cartesiana causó una revolución, pues se pasaba de la escolástica a un movimiento encaminado hacia las verdades claras y distintas y no basadas en los principios de autoridad.


La columna vertebral de este movimiento no fue otra que la afirmación con la que inicia Descartes su discurso, a saber: “El buen sentido es la cosa mejor repartida en el mundo”[2]; aquí, Descartes entiende el ‘buen sentido’ como la razón misma, el entendimiento. Posteriormente irá abriendo poco a poco la propuesta que quiere exponer. Su fin son las verdades claras y distintas de las que no se pueda dudar, y que por tanto serían verdaderas[3] pues deben de asemejarse a las verdades matemáticas, sobre las que encontraría fundamento la nueva filosofía. Si bien lo de las verdades únicas no era tema nueva en la historia del pensamiento, el optimismo con el que Descartes muestra su método si lo es, pues nos asegura que siguiendo sus cuatro reglas[4] podemos afirmar haber encontrado algo cierto, como él lo hará con su propio yo.


Para nuestra sorpresa, Descartes, que encontró tan claro y distinto el yo, elige como naturaleza y esencia del hombre, el ser una cosa pensante. Una concepción que deja de lado muchos aspectos del hombre. Inclusive, el propio filósofo de las meditaciones metafísicas, se da cuenta de lo difícil que sería separar el cuerpo del alma postulando la res extensa y la res cogitans, y le parece más clara la intuición que tiene de ésta que la del cuerpo. Ante lo claro y distinto que aparece el yo, Descartes lo postula como principio de su filosofía: si existimos es porque somos cosas que pensamos. La facultad intelectiva, el buen sentido, se vuelve la legitimadora de toda actividad humana, desde la ciencia hasta la ética (tal cual como la concibió Spinoza).
La esfera de la razón se expande a todo lo humano. Lo que era una revolución crítica del pensamiento, que resaltaba la supuesta madurez en el humano, deviene en una de las más oscuras épocas, agudizando la destrucción del hombre por el hombre. El desarrollo del conocimiento impulsado con la razón trajo adelantos que hicieron creer que la dirección en la que se avanzaba por primera vez en la historia de la humanidad era la correcta. La fe en la razón, como lo propugna el positivismo por ejemplo, parecía tener un mandato: ‘razona y lo demás se os dará por añadidura‘. Pero, la razón, al tender hacia una verdad única o conjunto de verdades únicas, se convierte en fundadora de principios que después sirvieron para legitimar actitudes y actividades donde lo que más se resaltaba era la supuesta madurez del hombre. La supresión de otros aspectos de la vida del hombre llevó a los filósofos a abstraer el hombre al grado de universalizarlo en el plano moral, como hizo, por ejemplo, Kant. Podríamos pensar que si la esencia del hombre es el pensar, desarrollando esta potencialidad llegará a cierto grado de perfección. Pero en el camino hacia el progreso, parece que los filósofos hijos de la razón, legítimos o ilegítimos, olvidaron algo.


II
“Una noche, senté a la belleza en mis rodillas.
Y la encontré amarga. Y la injurié.”[5]

La circunstancia que da por sentada toda la era racional al hombre, no es suficiente para unos cuantos. Frente a quienes afirman que el hombre es una sustancia pensante, Bretón afirma a éste como soñador sin remedio[6]. El sueño que propugna Bretón, no es otra actitud que la de aquél que harto de su circunstancia, la vomita hasta sacarla de sí para poder de nuevo llenar los pulmones de aire y emprender un largo viaje hacia lo que le brinde sentido. Es ese mismo individuo el que sentó, hace poco, al mundo ‘perfecto’ que le pudo dar la razón, pero lo encontró de un tono gris, por lo que lo arrojó fuera de sí. Su memoria le traía reminiscencias de un mundo multicolor, que probó en una época donde la inocencia era el pan de cada día.


Frente la necesidad de pensar, Bretón exige: “quiero la locura, ‘la locura que solemos recluir’”[7]; el vuelo de la vitalidad por los cielos de la imaginación; el despliegue de las alas de la animalidad sobre el cuerpo ya entumido del hombre racional. Y es que, si la razón es incapaz ya de dar algo nuevo al hombre como no sea una situación más dolorosa que acabe por llevar hasta las últimas consecuencias dicha actitud, es necesario volver a la reflexión que parte del hombre y debe llegar al hombre. La búsqueda por alternativas lleva a Bretón a interrogarse: “¿Cuándo llegará señores lógicos, la hora de los filósofos durmientes?”[8]. Esos filósofos durmientes son aquellos que investigan en la caverna clausurada por el racionalismo, la del inconsciente; su brújula es el sueño. Y es que está actitud es del todo innovadora, como lo fue en su tiempo el racionalismo, pareciera que Bretón ha descubierto la veta de una mina nueva, que parece rica en oro y a la cual es menester explotar y aprovechar hasta el cansancio.

La nueva actitud pronto cae en los mismos extremos del racionalismo, del cual surgió como reacción. Al proponer una moral, contradice la de las costumbres y antepone una donde la supuesta espontaneidad marcará el acto más puro del surrealismo (que Bretón señala en el “Segundo Manifiesto Surrealista”) ejemplificado con el tipo que sale a la calle con un revólver en la mano y asesina a cuanta persona se le pone enfrente hasta que sean capaz de detenerlo[9].
La realidad es vista como algo grotesco de lo cual se debe de escapar o enfrentar, pero nunca estar de acuerdo con ella. La belleza la encontramos en el mundo onírico, o bien en esos breves espacios de la vigilia donde el inconsciente surge efímeramente para darnos un breve soplo del aliento productor de excelsitud. Lo onírico reclama su lugar como algo claro y distinto, pues es tan fuertemente vivido que no podemos dudar de ello. La nueva realidad no es la dada y explicada por lo racional sino la que vemos reflejada en nuestros sueños, donde, sí nos realizamos plenamente porque no cabe la posibilidad de algo mejor o peor, simplemente se es. Finalmente, Bretón afirma: “…creo en la pura alegría surrealista del hombre que, consciente del fracaso de todos los demás, no se da por vencido, parte de donde quiere y, a lo largo de cualquier camino que no sea razonable, llega a donde puede.”[10]. La única senda que queda por recorrer, para nuestro pensador, es la que pugna el surrealismo, el destino del hombre, si quiere superarse, es volver por el camino del inconsciente. Luego, no hay más, la verdad vuelve a ser una: la dimensión onírica envuelve al hombre y en su brillo, opaca las demás dimensiones.


III
“Más veces he visto razonar a un gato que no reír o llorar”[11]

Unamuno afirma al humano como un ser concreto del cual se han olvidado las filosofías que le precedieron, pues proceden a abstraerlo y colocarlo como una idea, muy lejana de ésta realidad. Lo que buscará nuestro filósofo serán las notas que permitan diferencial al hombre del animal.
Y cree encontrar la diferencia esencial en el sentimiento en el más pleno sentido de la palabra: llorar y reír como ejemplos plásticos. Ante la afirmación del hombre como ser sentimental, no podemos más que maravillarnos de que sea ésta afirmación no sólo tomada en cuenta, sino que sea elevada al rango de esencia del hombre.


Nuestro Filósofo piensa, y con razón, que el hombre que se enfrenta a su circunstancia día a día lo hace no con la razón sino con actitud. Y ésta solo puede ser tal en base a una emoción. La vida sería un transcurrir de estados: ya la alegría, ya la tristeza. Poca dura nuestro estado de anonadamiento y nos damos cuenta de que hemos caído en otra abstracción, primero del hombre luego del sentimiento que regiría todo el existir humano. Estamos hablando del sentimiento de inmortalidad que anega al hombre: “Se vive en el recuerdo y por el recuerdo, y nuestra vida espiritual no es, en el fondo, sino el esfuerzo de nuestro recuerdo por perseverar, por hacerse esperanza, el esfuerzo de nuestro pasado por hacerse porvenir”[12]. El ser sentimental se transforma radicalmente en el ser para la inmortalidad, asistimos a una doble abstracción: primero, hombre, ser sentimental; luego ser sentimental: ser de búsqueda, inherente, de la perpetuación. No se vive por vivir el momento, se niega la eudemonía, la dimensión del hombre es buscar como permanecer.


IV
“Hombre soy, a ningún hombre estimo extraño”[13]

Después de topar con pared tres veces: con el padre del racionalismo, con el padre del surrealismo y con uno de los representantes del vitalismo, menester es frenarnos y analizar las sendas recorridas. Encontramos la especulación como puerta de salida que tomaron nuestros pensadores. Podría objetarse la falta de objetividad y experimentación, pero eso es cosa que no nos interesa por el momento pues, en mi opinión, alcanzaron a visualizar alguna de las dimensiones del hombre: pensamiento, sentimiento, sueño (instinto), etc.

El problema parece venir en dichos ámbitos, por querer fundamentar una universalización y reducción del hombre a tal o cual dimensión llegando a negar las demás. Pero cabría preguntar realmente, por ejemplo a Unamuno: ¿El hombre deja de ser tal por dejar de sentir? El problema de erigir tal o cual característica como esencia, niega toda posibilidad de ‘otros’, que siendo humanos sean distintos y no compartan dicha categoría. De lo anterior parece que aún reforzamos nuestro supuesto inicial: solo una propuesta abarcante a más no poder, da cuenta en mayor o menor grado del hombre. A esto debemos aunar la frase con la que empezamos ésta sección y afirmar con toda convicción que al ser hombres (no humanos, es decir hombres abstraídos), cualquier hombre no nos puede ser ajeno del todo, puede ser ‘otro’ pero ‘otro’ hombre.


La reflexión antropología, por ende, debe de proyectar la visión que se tiene del hombre en tal o cual circunstancia sin pretender, ni de principio ni fin, ser la única o la que de cuenta de todo el ser humano. Siendo así, podemos integrar el ser racional, el ser onírico y el ser sentimental, no ya como fragmentos que provocaron miopía en multitudes, sino como partes conformativas de un todo, que a nuestro gusto sería el, hombre de carne y hueso que, como diría Unamuno, ríe, llora y sobre todo llora, el hombre concreto[14], del que partió la filosofía. La propuesta más acertada, parece ser la que vislumbró Bretón en su segundo manifiesto, pero que después olvido:
“Todo induce a creer que en el espíritu humano existe un cierto punto desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser vistos como contradicciones”[15]





Bibliografía

BAUDELAIRE, Charles; “Obra poética completa”; Edición de: Enrique López Castellón; Editorial Akal; 1ª Edición, España 2003.

BRETON, André; “Manifiestos del surrealismo”; Traductor: Andrés Bosch; Visor libros; 1ª Edición; España 2002.

DESCARTES, René; “Discurso del método”, “Meditaciones Metafísicas”; Ed. Porrúa; Col. “Sepan cuantos…” Núm. 177; 20ª Edición, México 2004.

RIMBAUD, Arthur; “Una temporada en el infierno”; Ed. Coyoacán; Col. Reino Imaginario; 3ª Edición, México 1997.

UNAMUNO, Miguel de; “Del sentimiento trágico de la vida”; Edición de Antonio López Medina; Biblioteca Nueva; 1ª Edición, España 1999


[1] DESCARTES; René; Meditaciones Metafísicas; México 1971; p. 67
[2] DESCARTES, R.; Discurso del método; México 1971; p. 9
[3] Cfr. Ibíd. p. 24
[4] Cfr. Ibíd. p. 17
[5] RIMBAUD, Arthur; Una temporada en el infierno, México 1997; p. 13
[6] Cfr. BRETON, André; Manifiestos del surrealismo; España 2002; p. 15
[7] Ibíd. p. 16
[8] Ibíd. p. 22
[9] Crf. Ibíd. p. 112
[10] Ibíd. p. 51
[11] UNAMUNO, Miguel de; “Del sentimiento trágico de la vida”; España, 1976; p.49
[12] Ibíd. p. 53
[13] UNAMUNO, op. cit. p.47
[14] Cfr. UNAMUNO, Miguel de; Del sentimiento trágico de la vida; España 1999; p. 71
[15] BRETON Op. Cit. P. 111

Octavxágoras o de los prejuicios

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El siguiente diálogo fue encontrado en un pergamino entre las ruinas de una de las tantas Academias de Guadatenas (ésta ubicada entre el río Alcalmandro por el puente de Transimites) y parece ser de Bernastófanes, filósofo de esta polis.

Octavxágoras
O de los prejuicios

Bernastófanes: ¡Carlicles! Cansado de te vez, pero dime: ¿de donde vienes y a donde vas? Noto con asombro que en pos de un extranjero caminas.
Carlicles: Voy, ¡oh fiel Bernastófanes!, guiando a este extranjero por toda Guadatenas, mostrándole con agrado nuestra ciudad: sus lugares, sus personas.
Ber: No calles más extranjero, no eres una mujer o un niño de quien se ha dicho que su ornato es el silencio, y responde: ¿eres de la chilángade? ¿Cuál es tu nombre? ¿De donde procede tu progenie?
Octavxágoras: Estimado huésped, presento mi nombre: soy Octavxágoras, y me jacto de ser de la estirpe de Agamenón, rey de hombres, pastor de huestes, y vengo de la ciudad de Arguzman donde famoso soy por mi gran conocimiento.
Ber: Noble sangre corre por tus venas y de célebre ciudad vienes.
Oct: ¡Por Zeus que si Bernastófanes! Y Orgulloso estoy de ello.
Ber: Pero cuéntame a que has venido, singular individuo, tal vez a comerciar bienes materiales o bienes del alma, o a compartir tu conocimiento.
Oct: Primeramente, he de decir con toda sinceridad que vengo desde tierra lejana para observar las costumbres de esta célebre ciudad que brilla en todo Gréxico. Y menester es afirmar que la he encontrado muy a mi gusto. Ágoras, templos, jardines: todo bello como en ningún lugar. Gente célebre encontré a mi paso: Filósofos, Sofistas, Pitios, Sacerdotes y algo muy propio de aquí que no puedo encontrar en mi la ciudad a la que debo mi ser, una corriente de filosofía denominada: “la OTRA filosofía”.
Car: ¡Extranjero! Bello es tu elogio, no puedo evitar que las lágrimas broten de mis ojos.
Ber: ¡Por Hera! Así sea y los dioses concedan que sigamos en la cumbre helenemérica.
Oct: Solo algo no he encontrado a mi gusto, y disculpen, finos huéspedes, pero mi corazón me incita a hablar de ello.
Ber: Habla extranjero y no calles más, pues deber entre amigos es dirigir con sinceridad los actos y palabras que pueden mejorar dicha relación.
Car: Así sea y no retengas, por pudor femenino, nada.
Oct: He observado para mi sorpresa, como hombre con hombre yacen en el mismo lecho, no pasa con todos los ciudadanos pero si en numerosos miembros, sin que sea mal visto o juzgado.
Ber: ¿Afirmas esto desde el logos?
Oct: ¡Por Zeus que sí! Es mi razón la que me obliga a elaborar argumentos, fuertes como armas, para combatir semejante desviación.
Car: Esperamos con ansias nos otorgues ese conocimiento que de tan lejos nos traes.
Oct: Pues afirmo, sin más, que natural es al humano estar en el tálamo hombre y mujer, y luchar por la progenie que le cuidará en la vejez y fortalecerá la ciudad con su vigor juvenil.
Car: ¡Terror me causa eso que dices extranjero! El temblor invade mis ancianos miembros, no creo que pueda refutar tan bien fundada prueba.
Ber: Yo, con inseguridad, émulo a un infante emprendiendo sus primeros pasos y esperando ser guiado por los dioses, comprender tu razonamiento, pretenderé.
Oct: Adelante querido Bernastófanes.
Ber: Menester es primero que definamos que es aquello a lo que te refieres con natural en todo su significado de manera que no quede duda: ¿te refieres a caso a natural con el desarrollo o virtud que e es propia a una fracción del ser? ¿O más bien te refieres a una inclinación que ya se tiene?
Oct: Claro es que me refiero a lo primero.
Ber: ¿Identificas la virtud que se desarrolla como una suerte de causa final tal como lo explica un tal Aristóteles?
Oct: ¿Cómo no? Bernastófanes.
Ber: ¿Cuál será esa virtud o causa final de las que hablas y que dices tiene el hombre?
Oct: Afirmo, huésped, que el hombre al buscar su desarrollo total, desea encontrar el lecho de una mujer para procrear y perpetuar su linaje, no por otra cosa que lejos de acercarlo a su fin, lo alejaría.
Ber: ¿Niegas entonces todo placer del tálamo?
Oct: Sino es para procrear sí.
Ber: ¿Admites que el fin de la procreación es común a hombres y a animales o solo lo es a los unos y a los otros no?
Oct: Diría, sin duda que es común a ambos.
Ber: Y no es para más extranjero pues alguno de los zapojonios ha afirmado que todos los animales y humanos proceden de un origen común, otrora en el agua, luego en la tierra.
Oct: Nada nuevo dices.
Ber: ¿Pero es que no has leído, ¡Oh arguzmanide! De las investigaciones del filósofo del Liceo divulgados por los peripatéticos?
Oct: No, ¿pero que puede ser tan importante como que contradiga lo que he dicho?
Ber: Pues estos filósofos, han descubierto, que entre los seres animales, el copular entre el mismo género es algo común.
Oct: ¡Por Zeus! Que no lo sabía, pero ante tan célebres sabios no puedo hacer más que agachar la cabeza.
Ber: Sabio es reconocer, extranjero, nuestras debilidades.
Oct: Por otro lado, si recurrimos al humano como favorecido por Prometo, hay que hacer un elogio a su condición como portador de sabiduría, fiero soldado, buen constructor y ante todo limpio de mente y cuerpo, es decir: higiénico.
Car: Aplaudo tu discurso extranjero. Mi viejo oído, nunca había escuchado una enumeración tan larga y prolífica de las virtudes humanas.
Ber: Anonadado me encuentro yo también, pero una duda vuela a lo lejos como ave de mal agüero que debemos de traer a tierra para descifrar con sus vísceras tal señal. Y pregunto, extranjero, ¿a que la higiene con nuestra cuestión inicial?
Oct: ¿Es que acaso no lo vez, huésped? A continuación te lo explicaré con una claridad digna de un alumno de Rétores Internacionales.
Ber: Espero y me auxilies en tan difícil empresa.
Oct: Pues bien, no digo otra cosa que en una relación de hombres no puede haber higiene, por el contacto con el órgano cuya finalidad es defecar.
Car: Pasmado estoy, enmudecida mi lengua y mi mente entumida.
Ber: ¿Defecar es liberar inmundicias del cuerpo o es otra cosa diferente?
Oct: Necesariamente.
Ber: La orina es vista como parte de esta inmundicia y también es liberada por otros órganos ¿no es así?
Oct: ¿Cómo no, Bernastófanes?
Ber: Luego entonces, en una relación hombre – mujer ¿no hay contacto entre los órganos que también liberan al cuerpo de inmundicias?
Oct: Es así y no de otro modo.
Ber: Por tanto, tampoco es una relación higiénica.
Oct: Tus argumentos son bien construidos, nada puedo oponerles.
Ber: ¿No has hablado con el logos?
Oct: ¡Por Zeus que sí!
Ber: Pareciera más que hablarás desde la concupiscencia y no desde el don de Febo.
Oct: No es así.
Ber: Dos tipos de discurso parece que maneja el humano, pero ignorante soy de ello, pítico saber es requerido.
Car: ¡Por Hera! Tiempo es de invocar a los dioses, las finas musas cantan a mí alrededor, entre ellas Eugeclío de quien soy devoto, y piden les narre el famoso sueño de Teseo.
Oct: Con respecto e interés te escuchamos, anciano.
Car: Polinmneia canta que una vez rendido Teseo, el legislador de nuestra amada ciudad, fue invadido por Hypnos, tras toparse con una difícil decisión relativa al a justicia mediante la distinción entre discursos. Perdido en el mundo de los sueños, de suerte que vino Palas a instruirle: “Dulce Teseo, entre los humanos, el Crónida dispuso dos formas de hacer discursos de manera que el divino Hermes las repartiera entre ellos. El primer modo, tenía como fin dispersarlos y llevaba por nombre el mal discurso. Mediante pensamientos previos a una experiencia y por preferencia meramente personal se afirma algo y se pretende imponerlo. El segundo modo, fue distribuido de manera menos prodiga y fue llamado el buen discurso. Con él los hombres podrían unirse, pues se usaba una facultad inherente al hombre, en unos menos presente en otros más: llamada logos. Mediante el debate se construirán ideas coherentes y reflexivas. Ahora, mi querido héroe es tiempo de que vuelvas a la iluminada tierra por Helios iluminada” Es todo lo que la musa sopla a mis oídos.
Ber: Vierto libaciones a los dioses.
Oct: Benditos sean.
Car: Agradecidos estamos.
Oct: De doble manera lo estoy yo, querido Bernastófanes pues creo haber encontrado un argumento buscado en el buen discurso y además, irrefutable.
Ber: Con singular ansia lo espero.
Oct: ¿Decís, guadatenienses, que vehemente fidelidad a los dioses debemos? O ¿piensan blasfemar en contra del portador de la égida?
Car: ¡Por Zeus y los demás dioses olímpicos! Me apresura a levar súplicas: todo a ellos debemos.
Oct: No esperaba más. Así, ¿no se casó Zeus con Hera, y de la misma manera fecundó multitud de mujeres, entre ellas la madre de Adriacles?
Car: ¿Cómo no, Octavxágoras?
Oct: Pues afirmo que necesariamente y conforme al buen discurso y las disposiciones de los dioses, lo justo es que solo hombre y mujer yazcan en el lecho matrimonial.
Car: No parece que se pueda deducir lo contrario.
Ber: Todo parece girar, aturdido me siento, parece que tienes razón extranjero, el buen discurso me obliga a afirmarlo.
Car: ¡Ay de mí! ¿Cómo he de actuar ahora, oh moradores del Olimpo?
Ber: Esperad…
Oct: Lo que sea necesario.
Ber: Recuerdo, como cuentan los poetas, que el temible Crónida, entre su fecunda vida, con el bello Ganímedes tuvo encuentros.
Car: Claro es ahora.
Ber: Luego entonces, no estaría penada ninguna de las dos relaciones, si a los dioses nos atenemos.
Oct: Me niego a admitir tal clase de relación.
Ber: El buen discurso te obliga a hacerlo extranjero.
Oct: No puedo, en mi tierra, donde conocido soy como el Filósofo, eso es inaceptable.
Ber: Si te parece, Filósofo de Arguzman podemos construir con el buen discurso algún conocimiento referente a aquello que te causa tanta duda y que tan preocupado te tiene.
Oct: No puedo Bernastófanes, otros deberes me apremian, debo ir con Clementágoras de Corruptia para mandar al ostracismo a Agustínides de Lesbos, pues hay algo más en eso.
Car: el mal discurso al asecho, querido Octavxágoras.
Oct: Además, apremiante es conocer la física a la par de instruir a jóvenes efebos sobre la sabiduría que me jacto poseer.
Ber: ¿Te olvidas del hombre extranjero venido de Arguzman?
Oct: Necesario es, leyes hay sobre él que le dominan: divinas y humanas, es necesario conocerlas y sacarles algún provecho.
Ber: ¿Nos dejarás entonces a Carlicles y a mí sin saber que pensar respecto a la efebía?

Recordando a Amado Nervo

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:

Con un aire de nostalgia, dirijo mi mirada hacia ningún lugar pretendiendo escapar de los pensamientos y de la imposición de la categoría de la causalidad a todo objeto que se me presenta. ¡Vano intento! ¡Frágil voluntad! Más pronto que tarde, topo con pared, cae la espada de Damocles y la realidad hace que despierte de mi ensueño sin sueños y me topo con el abismo frente al que estoy. El aire me devuelve la siempre dolorosa claridad y la mirada al vacío, cada molécula hace que germinen mis ansias por lanzarme, y mi miedo se eleva al infinito, terror no a lanzarme sino a querer hacerlo (como señala Kundera). ¿Por qué este apetito? Viene de la agonía de mi capacidad onírica, del ocaso de los sueños que me deja en la eterna noche de la realidad. Antes buscaba el complemento de mi vida, deseaba con vehemencia comprobar empíricamente el relato de Aristófanes en el Symposio platónico; mi cuerpo deshecho, derrota tras derrota, cayó en el lecho del hastío. El corazón desacelero sus latidos, los pulmones piden cada vez menos aire. Mi mente, cansada de pensar, creía que en dicho estado llegaría a quien esperaba. No obstante, los besos que devuelven el oxígeno, las manos que dan vida al corazón, ya han estado allí y el cuerpo sigue inerte, yerto… Los labios se tornan purpúreos, la piel grisácea, los ojos pierden el brillo. Eros ha abandonado mi ser, mi númen, mi causa eficiente y final se aleja, todo yo le pide que se quede, con la debilidad en mis miembros vierto libaciones, con mi tartamudez lanzo invocaciones, pero todo se estrella en el vacío…en tortuosa agonía, mi existencia se torna y sollozo con los versos de Amado Nervo en los labios: “¡Acógeme, por Dios! Levanta el dedo, vestal, ¡que no me maten en la arena!”

Fruto del tedio y el spleen sabatino

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:

Que aterrador es desentrañar entre los arcanos mayores la inexistencia del sentido trágico de la vida.

Todo es anegado por el tedio con su lento y tortuoso aletargamiento del ser: los músculos se mueven despacio, las ideas no se conectan unas con otras, harto difícil es jalar el aire para respirar.

El spleen se vuelva contra el creador que antes se apoyaba en él, y amenaza con devorarlo.



El asquio, como luz en una nueva mañana, inunda lo que antes era una apacible penumbra que dejaba a la creatividad el papel creador, ahora todo es claro.

¡Hartazgo sin límite! Sepultas mi féretro con tus rocas despedazadas.

Las ansias de la destrucción, que me llevaban con vehemencia a la nada, se agotan: mi fuego se va apagando.

De suerte, que la Gorgona llamada realidad me ha visto a los ojos, el entumecimiento y solidificación lenta y dolorosa invade todo mi cuerpo…

¿Hasta cuándo, Febo, volveré a tus ritos luminosos? ¿Hasta cuándo, Dionisos, me encontraré escuchando tu ditirambo? ¿Hasta cuándo, tierno Eros, otra de tus flechas podrá alcanzarme?

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