Racionalismo y Surrealismo: Visiones del hombre

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:



Racionalismo y Surrealismo:
Visiones del hombre


Introducción


El presente ensayo, es una reflexión en torno a las propuestas hechas por Breton y Descartes en sus respectivas épocas.

La justificación viene de que siendo Descartes el fundador del racionalismo, y éste es el movimiento criticado por Breton, habría una necesidad de conocer los fundamentos de los que parte y nace la corriente de los denominados por Breton, señores lógicos.

Por el lado del surrealismo, lo consideramos como un movimiento reflexivo en toda su magnitud, debido a sus fundamentos y los objetivos que se propone: hacer una crítica a los sistemas imperantes, crítica a las costumbres, etc.; además que parte de su sostén teórico viene de la mano de Freud.

Dividimos el presente en tres partes: en la primera, se exponen algunas notas relativas a la obra cartesiana y sus propuestas. En la segunda, plasmo algunas ideas que Breton da a conocer en sus manifiestos del surrealismo. Y, finalmente, en la tercera parte hago una pequeña valoración de ambas como propuestas en tanto que visiones del hombre.





I

”Hablando con precisión, no soy más que una cosa que piensa”[1]

El racionalismo, como corriente filosófica, nace con René Descartes con la publicación del “Discurso del método” en 1637. En su momento, la propuesta cartesiana causó una revolución, pues se pasaba de la escolástica a un movimiento encaminado hacia las verdades claras y distintas y no basadas en los principios de autoridad.

La columna vertebral de este movimiento no fue otra que la afirmación con la que inicia Descartes su discurso, a saber: “El buen sentido es la cosa mejor repartida en el mundo”[2]; aquí, Descartes entiende el ‘buen sentido’ como la razón misma, el entendimiento.

Posteriormente irá abriendo poco a poco la propuesta que quiere exponer, su fin son las verdades claras y distintas de las que no se pueda dudar, y que por tanto serían verdaderas[3] pues deben de asemejarse a las verdades matemáticas, sobre las que encontarían fundamento la nueva filosofía.

Si bien lo de las verdades únicas no era tema nueva en la historia del pensamiento, el optimismo con el que Descartes muestra su método si lo es. Pues nos asegura que siguiendo sus cuatro reglas[4] podemos afirmar haber encontrado algo cierto, como él lo hará con su propio yo.

Para nuestra sorpresa Descartes, que encontró tan claro y distinto el yo, elige como naturaleza y esencia del hombre, el ser una cosa pensante. La concepción que se innova deja de lado muchos aspectos del hombre.

Inclusive, el propio Filósofo de las meditaciones metafísicas, se da cuenta de lo difícil que sería separar el cuerpo del alma postulando la res extensa y la res cogitans, y le parece más clara la intuición que tiene de ésta que la del cuerpo.

Ante lo claro y distinto que aparece el yo, Descartes lo postula como principio de su filosofía, si existimos es porque somos cosas que pensamos.

La facultad intelectiva, el buen sentido, se vuelve la legitimadora de toda actividad humana, desde la ciencia hasta la ética (tal cual como la concibió Spinoza).

La esfera de la razón se expande a todo lo humano. Y poco a poco, lo que era una revolución crítica del pensamiento, que resaltaba la supuesta madurez en el humano, deviene en una de las más oscuras épocas, agudizando la destrucción del hombre por el hombre.

El desarrollo del conocimiento impulsado con la razón, trajo adelantos que hicieron creer que la dirección en la que se avanzaba por primera vez en la historia de la humanidad era la correcta.

La fe en la razón, como lo propugna el positivismo por ejemplo, parecía tener un mandato: ‘razona y lo demás se os dará por añadidura‘

Pero, la razón, al tender hacia una verdad única o conjunto de verdades únicas, se convierte en fundadora de principios que después sirvieron para legitimar actitudes y actividades donde lo que más se resaltaba era la supuesta madurez del hombre.

La supresión de otros aspectos de la vida del hombre, llevo a los filósofos a abstraer el hombre al grado de universalizarlo en el plano moral, por ejemplo con Kant y su imperativo categórico.

En el camino hacia el progreso, parece que los filósofos hijos de la razón, legítimos o ilegítimos, olvidaron algo.





II

“Una noche, senté a la belleza en mis rodillas.
Y la encontré amarga. Y la injurié.”[5]

La circunstancia que da por sentada toda la era racional al hombre, no es suficiente para unos cuantos; frente a quienes afirman que el hombre es una sustancia pensante, Breton afirma a éste como soñador sin remedio[6].

El sueño que propugna Breton, no es otra actitud que la de aquél que harto de su circunstancia, la vomita hasta sacarla de sí para poder de nuevo llenar los pulmones de aire y emprender un largo viaje hacia lo que le brinde sentido.

Es ese mismo individuo el que sentó hace poco, al mundo ‘perfecto’ que le pudo dar la razón, pero lo encontró de un tono gris, por lo que lo arrojó fuera de sí; su memoria le traía reminiscencias de un mundo multicolor, que probó en una época donde la inocencia era el pan de cada día.

Frente la necesidad de pensar, Breton exige: “quiero la locura, ‘la locura que solemos recluir’”[7]; el vuelo de la vitalidad por los cielos de la imaginación; el despliegue de las alas de la animalidad sobre el cuerpo ya entumido del hombre racional.

Y es que, si la razón es incapaz ya de dar algo nuevo al hombre como no sea una situación más dolorosa que engendre por llevar hasta las últimas consecuencias dicha actitud, es necesario volver a la reflexión que parte del hombre y debe llegar al hombre.

La búsqueda por alternativas, lleva a Breton a interrogarse: “¿Cuándo llegará señores lógicos, la hora de los filósofos durmientes?”[8]. Esos filósofos durmientes son aquellos que investigan en la caverna clausurada por el racionalismo, la del inconsciente; su brújula es el sueño.

Y es que está actitud es del todo innovadora, como lo fue en su tiempo el racionalismo, pareciera que Breton ha descubierto la veta de una mina nueva, que parece rica en oro y a la cual es menester explotar y aprovechar hasta el cansancio.

La nueva actitud, pronto cae en los mismos extremos del racionalismo, del cual surgió como reacción. Al proponer una moral, contradice la de las costumbres y antepone una donde la supuesta espontaneidad marcará el acto más puro del surrealismo (que Breton señala en el “Segundo Manifiesto Surrealista”) ejemplificado con el tipo que sale a la calle con un revólver en la mano y asesina a cuanta persona se le pone enfrente hasta que sean capaz de detenerlo[9].

La realidad es vista como algo grotesco de lo cual se debe de escapar o enfrentar, pero nunca estar de acuerdo con ella. La belleza la encontramos en el mundo onírico, o bien en esos breves espacios de la vigilia donde el inconsciente surge efímeramente para darnos un breve soplo del aliento productor de excelsitud.

Lo onírico reclama su lugar como algo claro y distinto, pues es tan fuertemente vivido que no podemos dudar de ello, la nueva realidad no es la dada y explicada por lo racional, si no la que vemos reflejada en nuestros sueños donde sí nos realizamos plenamente por que no cabe la posibilidad de algo mejor o peor, simplemente se es.

Finalmente, Breton afirma: “…creo en la pura alegría surrealista del hombre que, consciente del fracaso de todos los demás, no se da por vencido, parte de donde quiere y, a lo largo de cualquier camino que no sea razonable, llega a donde puede.”[10].

La única senda que queda por recorrer es la que pugna el surrealismo, el destino del hombre, si quiere superarse, es volver por el camino del inconsciente; no hay más, la verdad vuelve a ser una.




III

“¿Vienes del hondo cielo o del abismo sales, Belleza?
¿Sales del negro abismo o bajas de los astros?”[11]

Breton, para quien es inconcebible la realidad producto del racionalismo, afirma al mundo onírico como la realidad, duda de ese producto trasgiversado que le ofrece la razón como primicia de su cosecha y prefiere lanzarse a la búsqueda por otra vía.

Descartes hizo algo similar, frente a las dudas que presentaba el sistema impuesto como reclusor del humano, el afirmar el cogito es una pretensión de derrumbar los esquemas hasta ahora impuestos, y proponer un nuevo sendero.

Ambos, Breton y Descartes, dan a conocer sus propuestas como reacciones a sistemas establecidos que tenían una visión unívoca de la realidad; no obstante, más tarde sus mismas reflexiones tenderían a legitimar las concepciones unívocas: ya racionalismo, ya surrealismo.

Descartes, rescata del hombre la racionalidad como ya se ha dicho, pero esta facultad en el hombre siempre está relacionada con lo celeste, con lo virtuoso (como lo podemos ver en los diálogos platónicos, por ejemplo); mientras que, por otro lado; Breton trata de retomar otra facultad del hombre: la vitalidad (ya que el mundo onírico, según la interpretación que hace Breton de Freud, nos viene dado por el inconsciente).

No obstante, vemos claramente que estas dos propuestas nos dan una visión fragmentaria del hombre y no conforme con la miopía que propugnan, abstraen al hombre mismo dándole como única forma el ser racional o el ser vital (surrealista).

Alejándonos así del hombre de carne y hueso que, como diría Unamuno, ríe, llora y sobre todo llora, el hombre concreto[12], del que partió la filosofía.

La propuesta más acertada, parece ser la que vislumbró Breton en su segundo manifiesto, pero que después olvido:

“Todo induce a creer que en el espíritu humano existe un cierto punto desde el que la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y lo bajo, dejan de ser vistos como contradicciones”[13]

Luchar, en la reflexión, por encontrar ese punto, sería el papel del filósofo, plasmarlo el del artista.




Bibliografía




BAUDELAIRE, Charles
“Obra poética completa”
Edición de: Enrique López Castellón
Editorial Akal
1ª Edición
España 2003

BRETON, André
“Manifiestos del surrealismo”
Traductor: Andrés Bosch
Visor libros
1ª Edición
España 2002

DESCARTES, René
“Discurso del método”
“Meditaciones Metafísicas”
Ed. Porrúa
Col. “Sepan cuantos…” Núm. 177
20ª Edición
México 2004

RIMBAUD, Arthur
“Una temporada en el infierno”
Ed. Coyoacán
Col. Reino Imaginario
3ª Edición
México 1997

UNAMUNO, Miguel de
“Del sentimiento trágico de la vida”
Edición de Antonio López Medina
Biblioteca Nueva
1ª Edición
España 1999


[1] DESCARTES; René; Meditaciones Metafísicas; México 1971; p. 67
[2] DESCARTES, R.; Discurso del método; México 1971; p. 9
[3] Cfr. Ibíd. p. 24
[4] Cfr. Ibíd. p. 17
[5] RIMBAUD, Arthur; Una temporada en el infierno, México 1997; p. 13
[6] Cfr. BRETON, André; Manifiestos del surrealismo; España 2002; p. 15
[7] Ibíd. p. 16
[8] Ibíd. p. 22
[9] Crf. Ibíd. p. 112
[10] Ibíd. p. 51
[11] BAUDELAIRE, Charles; Obra poética completa; España 2003; p. 73
[12] Cfr. UNAMUNO, Miguel de; Del sentimiento trágico de la vida; España 1999; p. 71
[13] BRETON Op. Cit. P. 111

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