Con un aire de nostalgia, dirijo mi mirada hacia ningún lugar pretendiendo escapar de los pensamientos y de la imposición de la categoría de la causalidad a todo objeto que se me presenta. ¡Vano intento! ¡Frágil voluntad! Más pronto que tarde, topo con pared, cae la espada de Damocles y la realidad hace que despierte de mi ensueño sin sueños y me topo con el abismo frente al que estoy. El aire me devuelve la siempre dolorosa claridad y la mirada al vacío, cada molécula hace que germinen mis ansias por lanzarme, y mi miedo se eleva al infinito, terror no a lanzarme sino a querer hacerlo (como señala Kundera). ¿Por qué este apetito? Viene de la agonía de mi capacidad onírica, del ocaso de los sueños que me deja en la eterna noche de la realidad. Antes buscaba el complemento de mi vida, deseaba con vehemencia comprobar empíricamente el relato de Aristófanes en el Symposio platónico; mi cuerpo deshecho, derrota tras derrota, cayó en el lecho del hastío. El corazón desacelero sus latidos, los pulmones piden cada vez menos aire. Mi mente, cansada de pensar, creía que en dicho estado llegaría a quien esperaba. No obstante, los besos que devuelven el oxígeno, las manos que dan vida al corazón, ya han estado allí y el cuerpo sigue inerte, yerto… Los labios se tornan purpúreos, la piel grisácea, los ojos pierden el brillo. Eros ha abandonado mi ser, mi númen, mi causa eficiente y final se aleja, todo yo le pide que se quede, con la debilidad en mis miembros vierto libaciones, con mi tartamudez lanzo invocaciones, pero todo se estrella en el vacío…en tortuosa agonía, mi existencia se torna y sollozo con los versos de Amado Nervo en los labios: “¡Acógeme, por Dios! Levanta el dedo, vestal, ¡que no me maten en la arena!”
Recordando a Pessoa
Author: B. Rimbaud / Etiquetas: RecuerdosBueno que más me queda que escribir, es como reír con el spleen y el tedio ahogándome.
Desde el lunes nada ha sido igual; y es que si el domingo me sentía golpeado, a partir de ese día me siento deshecho, literal. Y así ha transcurrido la semana entera: altibajos pero dentro de lo bajo.
Y ahora el colmo, si la situación emocional estaba casi en bancarrota, la situación económica no es mejor: reducción de horas de trabajo, reducción de sueldo. Y sin argumento que oponer, ni responsabilidad que asumir: “ya que”. Menos alcohol y menos libros.
Sí, que no olvide lo optimista: menos trabajo, de acuerdo pero más tedio y menos dinero para pasar ese tedio.
Es otro madrazo más a la base de mi vida y eso empieza a hartarme…Mis valores y de quien salieron ya fueron puesta en duda e incluso golpeados por mí, su más fiel portador.
Y, es que, harto de tanta descalificación e insignificancia me atreví a erigir valores propios, míos, humanos demasiado humanos. Y cuando los contrapuse en vía de algo evolutivo, resultó que los constructores de los antiguos valores consideraron lo nuevo como algo imposible…
Que ya no suena a tripas esto, pues claro que lo sé… ¿Pero como no le voy a sacara a las vísceras si el lunes en la espesa desesperación envuelto me vi? Tristeza y odio en sus más amplias definiciones, y con una diferencia de segundos fueron vividas y transmutadas en una nueva emoción, toda desgarrante: la impotencia, al grado de sentirme incapaz de poder deprimirme con las canciones de antaño: calle melancolía, paloma negra, si tu no vuelves, la llorona, etc. A todas encontraba el icono que me llevaba al contenido que tanto dolía.
La referencia al hueco, al vacío existencial, al sinsentido, a lo efímero, a lo leve y cuantos sinónimos se me ocurran, se tornó ridícula y patética; vergonzoso, tonto y harto doloroso, se volvió todo lo que amenazara en tocar ese tema.
Ahora me siento flotando en el éter o estacionado, cargado de energía cinética, émulo a un bulto. Ya no quiero causas eficientes, me repugnan. Incluso salta al recuerdo aquellas letras de Pessoa: “No, no quiero nada; ya dije que no quiero nada…” pues tengo la impresión que toda mi volición se relacionaba con objetos para llenar ese hueco.
Con amargo sabor en la garganta, he de confesar que cuenta me he dado que nada de lo que en mi fantasía se hallaba, lo ha de llenar: ni el dulce Olimpo, ni los frutos de Apolo, ni el desorden de Dionisos, ni las caricias de Eros, ni las noches de caza con Artemis, ni las batallas junto con Ares, ni Palas con sus ojos, ni Cipris con su belleza, ni las armas de Hefesto, ni Eris con sus manzanas doradas, ni siquiera Hades con su silencio y olvido infinitos.
Pero, esperen, como dijo Pessoa, yo no tardo, nunca tardo, allí está el fin: Uranos y Gea de nuevo…
