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Cassandra, o de la pérdida de El Filósofo

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:





Carlicles: Dime ¡oh Cassandra! de Tlaquelesbos ¿por qué vienes anegada en llanto y con paso lento y dolorido? ¿Qué te ha llevado a cortarte el cabello y tupir tu cabeza de ceniza? ¡Desdichada, émula a Sísifo en sufrimientos!

Coro: ¡Ay, Ay de nosotras! ¡Ya no hay sol! ¡Todo es oscuro para quiénes han sido abandonadas!

Memógenes: La angustia de Kierkegaard las acosa, ¡no pueden dejar el llanto! ¿¡Acaso es necesario resucitar a Schopenahuer para demostrarles que todo es representación!?

Car: ¡Déjate de ardides seguidor de lo absurdo, refutado has quedado por el filósofo del superhombre! Pero ustedes mujeres convenzan a Cassandra de que levante la mirada y nos dirija la palabra, pues pasmados estamos por su estado.

Se junta el coro en derredor de Cassandra.

Coro1: ¿¡Ay mujeres podemos dejar este luto maldito!?
Coro2: ¡Ánimo dejemos los alaridos!
Coro: ¡Venga gran filósofa: cuenta la desgracia que nubla tu existencia!

Cassandra levanta la mirada y se dirige a Carlicles a Memógenes.

Cassandra: ¡Cuéntome ya entre los seres más desgraciados que viven en los reinados de Helios! ¡Ay ay ay de mi!

Coro: ¡Ay ay ay de nosotras! ¡Arruinadas estamos!

Cas: ¡Se ha ido!

Coro: ¡Solas hemos quedado!

Mem: ¡Por la voluntad no nos dejen así! ¡Decidnos, oh mujeres, ¿qué ha pasado en Guadatenas?!

Cas: ¿Cómo? ¿No se han enterado?

Coro: Cegados están. No saben la desgracia que ha acaecido.

Car: Pasmado estoy, ¡Poseidón ha movido la tierra y no me he dado cuenta!

Coro: Seamos pájaro de tormentas, ¡aves de malagüero! ¡pitonisas de la desgracia!

Cas: ¡Se ha ido! ¡El más grande filósofo de estas tierras!

Mem: ¡Ay ay de mí! ¡El aire se nubla a mi alrededor! ¡Las ansías de vivir (que de por sí eran pocas) se van como la primavera hacia el invierno!

Car: Rasgo mis elegantes vestiduras, mis ojos no contienen el llanto más.

Coro: Lo han comprendido. La lumbrera de su luz nos ha dejado y a partido a otras tierras Francia de Mitilene, lugar de alta sapiencia, cuna de Palas.

Mem: Jorge de Manzania: ¿qué hemos de hacer sin ti? ¿quién con finos vinos entre simposios suculentos nos perderá?

Car: Juan Manuel de Negretinides, ¡perdida invaluable! ¿¡Quién nos bailará ahora en el Liceo!? ¡La derecha de la izquierda no he de distinguir más!

Cas: ¿A quiénes mencionan guadatenienses?

Mem y Car: ¡Al más grande de todos los filósofos!

Coro: Discrepan y gravemente hierran, ilusos.

Cas: No es ninguno de esos a quiénes nuestras cabelleras hemos ofrendado.

Coro: ¡Hermosos cánticos elevaríamos a Afrodita si con nosotras lo retuviera!

Mem: Pido que Apolo me ilumine pues juro por égida que no entiendo nada.

Car: Cuando poco se sabe, mejor es callar.

Cas: Pues no he hablado de otro que de El Filósofo, El Alcibíades del Liceo.

Car: El búho de Palas sigue sin emprender el vuelo.

Coro: ¿No lo vez tú que eres hombre? ¿No se supone tu intelecto es más fino que el nuestro?

Cas: No hablo de otro que de el gran Octavxágoras, émulo a Ulises en ingenio.

Coro: ¡Por él nuestras lágrimas hemos derramado! ¡Su ausencia pide a gritos que vengan del Hades por nosotras! ¡Su viaje lo hemos de llorar como si la muerte propia fuera! ¡Llenas de lamentos seguimos en procesión!

Mem: ¿Pero que pretenden mujeres dolientes? La pena no es tanta, ni debería embargarlas, que por cada persona que no le es grata a Palas y se marcha son mil bendiciones las que gana nuestra morada.

Coro: ¡Ay ay ay! ¿Qué hemos escuchado? ¡Lengua bípeda! ¡La Discordia tienes por compañera! ¡Lloramos al que dicho honor merece y nada más!

Cas: Hemos de llevar este arreglo de flores a la sede del Liceo, donde Agustínides de Lesbos espera para el luto continuar.

Coro: Y entre lágrima y lágrima, los dioses se apiaden de nosotros, que cuando un filósofo de dicha calaña se pierde, el cielo todo llora, los dioses se entristecen.

Cas: Hemos de pedir una esfigie, un busto algo que le recuerde tan grande ha sido su paso por estas pobres tierras.

Coro: Y nos deja, como sus hijas abandonadas.

Coro1: ¡Ah! Y recuerdo aquellos tiempos en que por estos pasillos andaba.

Coro2: Su sapiencia distribuía con singular gracia.

Coro: Y ahora vednos desgarradas, ¡ay ay ay! ¡Que el dolor no se acaba nunca!

Cas: La pérdida del que es valioso a todo el Liceo anega, pero doble es nuestra tristeza filósofos, pues el Filósofo, ha partido, elevemos el clamor al portador de la Égida.

Casandra y Coro: ¡Ay, ay, ay de nosotras!

Cassandra y el coro se alejan

Car: Que el poeta ha mucho tiempo que lo dijo con gran acierto: “El silencio es el ornato de la mujer”.

Mem: No entiendo, mi buen amigo, ni el porque lloran esas mujeres ni la razón de que al que nombran El Filósofo se haya ido.

Car: Dos cuestiones planteas en una sola pregunta, pero examinémoslas más de cerca.
Mem: ¡Por Zeus que es necesario!

Car: La primera parece ser una dificultad menor, las mujeres lloran por aquél: ¿No es la mujer de naturaleza pecaminosa al grado que el hombre se rebaja al casarse con ella y ella se eleva al casarse con él?
Mem: No puedo poner objeción a tu razonamiento, aunque agregaría, como dice otro filósofo que para tratar con ellas es necesario el látigo.
Car: Así es querido amigo, y es por eso que yo no las trato, no es mi apariencia la que las ahuyenta, es mi innecesidad de esas criaturas. Así que te propongo no abordemos esa parte de tu cuestión, tan absurda es como la filosofía que te gusta predicar.
Mem: ¡Por el Can, así es!
Car: Queda entonces la otra cuestión.
Mem: Esforcémonos pues, vale la pena.
Car: No apresuremos amigo mío, necesario es el camino lento para el filósofo como al niño el gatear. Necesario será definir si aquél que se fue se cuenta entre los que se llaman filósofos.
Mem: Cuestión clara y distinta es responderte ¡oh Carlicles!
Car: No me lo parece, he de confesarlo.
Mem: Un criterio basta para saberlo.
Car: Perplejo me tienes, habla ahora.
Mem: No lo era, no sabe nada sobre Schopenhauer.
Car: ¡Por Hera! Clara ha quedado la primera cuestión, ninguna duda opongo a tu razonamiento tan perfecto, claro y conciso.
Mem: Olvidas la coherencia amigo mío.
Car: Lo he olvidado, pero algo quisiera proponerte, más no estoy seguro de que tu quisieras aceptarlo.
Mem: Habla sin dilataciones.
Car: Lo has dicho, pedirte quisiera si podríamos partir del supuesto contrario de lo que has afirmado, para que nuestra conclusión se vea reforzada en el caso de que sea acertada al vislumbrar la mejor de las opciones posibles, siendo que todo parecería indicar que es la peor la que impera.
Mem: ¡Por Zeus, Carlicles! Me habían hablado de tu gran ingenio y tus exquisitas clases de latín, pero no sabía que tu intelecto se expande, como el universo, hacia todos los lugares. Claro que acepto pedagogo mío, esforcémonos.
Car: Dime tú, Memógenes de Sonolón, si cuándo se cultiva ¿se hace o no con esmero?
Mem: Necesariamente.
Car: ¿Y no se busca acaso hacer rendir los mejores frutos a la tierra receptáculo de nuestro trabajo?
Mem: ¿Cómo no Carlicles?
Car: Motivos puede haber mil, pero supongamos que nuestro causa principal es darle de probar a alguno de nuestros vecinos lo mejor de nuestra cosecha. ¿No será entonces que el anhelo debe de ser mayor buscando frutos de mejor calidad?
Mem: ¡Por Zeus que sí Carlicles!
Car: Hemos de aceptar que si en nuestra cosecha alguno de los frutos no sale con la calidad adecuada para ser compartido habremos de guardarlo, y si fuera necesario enterrarlo tratando de no dejar huella de él.
Mem: Es como tú dices, amigo.
Car: Pues errados estaríamos si quisiéramos ofrecer ese tipo de frutos a nuestro vecino.
Mem: Me parece evidente.
Car: Ahora bien, habremos de decir que es este Liceo una especie de cultivo de almas, con que buenas intenciones sendos jardineros bajo la tutela de una élite, dedican con su esmero sus esfuerzos.
Mem: Creo que se puede aplicar nuestro razonamiento anterior tal y como tú lo haces.
Car: No obstante, como en toda cosecha hay frutos que salen bien, otros tantos mal. Pero dejando esto de lado, ¿no debería el Liceo seleccionar las mejores almas de sus cultivos si quiere compartirlas a su vecino?
Mem: No parece que pueda ser de otra manera.
Car: Y dime, amigo del existencialismo, ¿no sería ridículo que alguien se esmerase contra todo en llevar lo peor de su cosecha y pretender hacer un festín con su vecino?
Mem: Necesariamente.
Car: Y escucha esto con atención: ¿no sería más absurdo aún, que uno de esos frutos pretendiera marchar solo al lugar que desee?
Mem: Me remontas a Esopo, pero he de afirmar que si.
Car: Peor aún, un fruto que se sabe a sí mismo no ser de tal especie pero que poco le importa su valía…
Mem: ¡Por Zeus!
Car: ¿Es entonces necesario concluir que dicha acción encuentra algo que no es propiamente racional, sino que remite a cosas que no atañen a la luz de nuestros intelectos?
Mem: Entiendo, pero aún no logro poder aplicarlo a nuestra situación.
Car: Como dice Píndaro: Presta atención. Cuentan los antiguos que Cronos tenía un sirviente, mortal o inmortal no se sabía, que le era útil en todas las cuestiones para mantener subyugados a los demás dioses, labor que le proporcionaba muchas ventajas. Pero entonces vino la rebelión de Zeus contra su padre quien le hecho y se instauro como dios supremo, pero en lugar de echar a ese sirviente de Cronos, viéndole que le podía ser útil de alguna forma y persuadido por su actitud de extremo servilismo, lo acogió en el Olimpo. Los demás dioses no comprendían la elección del guardián de la égida, pero temerosos evitaban al sirviente. Se cuenta entre otras cosas que Jorge-Dyonisos, en furia contra él exploto, blasfemó al dios Heidegger. Más pasado un buen tiempo, y probando que dicho sirviente ya le era en extremo fiel, Zeus decide cumplirle el deseo que quiera. El sirviente, sabiendo que Zeus habría de acceder a su petición, en seguida pide le envíe a la tierra donde brota la ambrosía y los dioses son más felices. Mas aquel lugar solo podría ser llevado por Zeus, le estaba denegado el acceso a los demás dioses, solo podrían aquellos con el favor de Zeus. Éste acepta gustoso y lo envía allí por un año, sin siquiera inquirir sobre la naturaleza de dicha criatura…lo demás no me pidas que lo recuerde, ha tanto tiempo de esta historia que solo esto me han traído las musas.
Mem: Hagamos libaciones, con acierto has hablado.
Car: Ahora encaminémonos al templo de Diké, pues ha sido violada nuevamente…

Octavxágoras o de los prejuicios

Author: B. Rimbaud / Etiquetas:

El siguiente diálogo fue encontrado en un pergamino entre las ruinas de una de las tantas Academias de Guadatenas (ésta ubicada entre el río Alcalmandro por el puente de Transimites) y parece ser de Bernastófanes, filósofo de esta polis.

Octavxágoras
O de los prejuicios

Bernastófanes: ¡Carlicles! Cansado de te vez, pero dime: ¿de donde vienes y a donde vas? Noto con asombro que en pos de un extranjero caminas.
Carlicles: Voy, ¡oh fiel Bernastófanes!, guiando a este extranjero por toda Guadatenas, mostrándole con agrado nuestra ciudad: sus lugares, sus personas.
Ber: No calles más extranjero, no eres una mujer o un niño de quien se ha dicho que su ornato es el silencio, y responde: ¿eres de la chilángade? ¿Cuál es tu nombre? ¿De donde procede tu progenie?
Octavxágoras: Estimado huésped, presento mi nombre: soy Octavxágoras, y me jacto de ser de la estirpe de Agamenón, rey de hombres, pastor de huestes, y vengo de la ciudad de Arguzman donde famoso soy por mi gran conocimiento.
Ber: Noble sangre corre por tus venas y de célebre ciudad vienes.
Oct: ¡Por Zeus que si Bernastófanes! Y Orgulloso estoy de ello.
Ber: Pero cuéntame a que has venido, singular individuo, tal vez a comerciar bienes materiales o bienes del alma, o a compartir tu conocimiento.
Oct: Primeramente, he de decir con toda sinceridad que vengo desde tierra lejana para observar las costumbres de esta célebre ciudad que brilla en todo Gréxico. Y menester es afirmar que la he encontrado muy a mi gusto. Ágoras, templos, jardines: todo bello como en ningún lugar. Gente célebre encontré a mi paso: Filósofos, Sofistas, Pitios, Sacerdotes y algo muy propio de aquí que no puedo encontrar en mi la ciudad a la que debo mi ser, una corriente de filosofía denominada: “la OTRA filosofía”.
Car: ¡Extranjero! Bello es tu elogio, no puedo evitar que las lágrimas broten de mis ojos.
Ber: ¡Por Hera! Así sea y los dioses concedan que sigamos en la cumbre helenemérica.
Oct: Solo algo no he encontrado a mi gusto, y disculpen, finos huéspedes, pero mi corazón me incita a hablar de ello.
Ber: Habla extranjero y no calles más, pues deber entre amigos es dirigir con sinceridad los actos y palabras que pueden mejorar dicha relación.
Car: Así sea y no retengas, por pudor femenino, nada.
Oct: He observado para mi sorpresa, como hombre con hombre yacen en el mismo lecho, no pasa con todos los ciudadanos pero si en numerosos miembros, sin que sea mal visto o juzgado.
Ber: ¿Afirmas esto desde el logos?
Oct: ¡Por Zeus que sí! Es mi razón la que me obliga a elaborar argumentos, fuertes como armas, para combatir semejante desviación.
Car: Esperamos con ansias nos otorgues ese conocimiento que de tan lejos nos traes.
Oct: Pues afirmo, sin más, que natural es al humano estar en el tálamo hombre y mujer, y luchar por la progenie que le cuidará en la vejez y fortalecerá la ciudad con su vigor juvenil.
Car: ¡Terror me causa eso que dices extranjero! El temblor invade mis ancianos miembros, no creo que pueda refutar tan bien fundada prueba.
Ber: Yo, con inseguridad, émulo a un infante emprendiendo sus primeros pasos y esperando ser guiado por los dioses, comprender tu razonamiento, pretenderé.
Oct: Adelante querido Bernastófanes.
Ber: Menester es primero que definamos que es aquello a lo que te refieres con natural en todo su significado de manera que no quede duda: ¿te refieres a caso a natural con el desarrollo o virtud que e es propia a una fracción del ser? ¿O más bien te refieres a una inclinación que ya se tiene?
Oct: Claro es que me refiero a lo primero.
Ber: ¿Identificas la virtud que se desarrolla como una suerte de causa final tal como lo explica un tal Aristóteles?
Oct: ¿Cómo no? Bernastófanes.
Ber: ¿Cuál será esa virtud o causa final de las que hablas y que dices tiene el hombre?
Oct: Afirmo, huésped, que el hombre al buscar su desarrollo total, desea encontrar el lecho de una mujer para procrear y perpetuar su linaje, no por otra cosa que lejos de acercarlo a su fin, lo alejaría.
Ber: ¿Niegas entonces todo placer del tálamo?
Oct: Sino es para procrear sí.
Ber: ¿Admites que el fin de la procreación es común a hombres y a animales o solo lo es a los unos y a los otros no?
Oct: Diría, sin duda que es común a ambos.
Ber: Y no es para más extranjero pues alguno de los zapojonios ha afirmado que todos los animales y humanos proceden de un origen común, otrora en el agua, luego en la tierra.
Oct: Nada nuevo dices.
Ber: ¿Pero es que no has leído, ¡Oh arguzmanide! De las investigaciones del filósofo del Liceo divulgados por los peripatéticos?
Oct: No, ¿pero que puede ser tan importante como que contradiga lo que he dicho?
Ber: Pues estos filósofos, han descubierto, que entre los seres animales, el copular entre el mismo género es algo común.
Oct: ¡Por Zeus! Que no lo sabía, pero ante tan célebres sabios no puedo hacer más que agachar la cabeza.
Ber: Sabio es reconocer, extranjero, nuestras debilidades.
Oct: Por otro lado, si recurrimos al humano como favorecido por Prometo, hay que hacer un elogio a su condición como portador de sabiduría, fiero soldado, buen constructor y ante todo limpio de mente y cuerpo, es decir: higiénico.
Car: Aplaudo tu discurso extranjero. Mi viejo oído, nunca había escuchado una enumeración tan larga y prolífica de las virtudes humanas.
Ber: Anonadado me encuentro yo también, pero una duda vuela a lo lejos como ave de mal agüero que debemos de traer a tierra para descifrar con sus vísceras tal señal. Y pregunto, extranjero, ¿a que la higiene con nuestra cuestión inicial?
Oct: ¿Es que acaso no lo vez, huésped? A continuación te lo explicaré con una claridad digna de un alumno de Rétores Internacionales.
Ber: Espero y me auxilies en tan difícil empresa.
Oct: Pues bien, no digo otra cosa que en una relación de hombres no puede haber higiene, por el contacto con el órgano cuya finalidad es defecar.
Car: Pasmado estoy, enmudecida mi lengua y mi mente entumida.
Ber: ¿Defecar es liberar inmundicias del cuerpo o es otra cosa diferente?
Oct: Necesariamente.
Ber: La orina es vista como parte de esta inmundicia y también es liberada por otros órganos ¿no es así?
Oct: ¿Cómo no, Bernastófanes?
Ber: Luego entonces, en una relación hombre – mujer ¿no hay contacto entre los órganos que también liberan al cuerpo de inmundicias?
Oct: Es así y no de otro modo.
Ber: Por tanto, tampoco es una relación higiénica.
Oct: Tus argumentos son bien construidos, nada puedo oponerles.
Ber: ¿No has hablado con el logos?
Oct: ¡Por Zeus que sí!
Ber: Pareciera más que hablarás desde la concupiscencia y no desde el don de Febo.
Oct: No es así.
Ber: Dos tipos de discurso parece que maneja el humano, pero ignorante soy de ello, pítico saber es requerido.
Car: ¡Por Hera! Tiempo es de invocar a los dioses, las finas musas cantan a mí alrededor, entre ellas Eugeclío de quien soy devoto, y piden les narre el famoso sueño de Teseo.
Oct: Con respecto e interés te escuchamos, anciano.
Car: Polinmneia canta que una vez rendido Teseo, el legislador de nuestra amada ciudad, fue invadido por Hypnos, tras toparse con una difícil decisión relativa al a justicia mediante la distinción entre discursos. Perdido en el mundo de los sueños, de suerte que vino Palas a instruirle: “Dulce Teseo, entre los humanos, el Crónida dispuso dos formas de hacer discursos de manera que el divino Hermes las repartiera entre ellos. El primer modo, tenía como fin dispersarlos y llevaba por nombre el mal discurso. Mediante pensamientos previos a una experiencia y por preferencia meramente personal se afirma algo y se pretende imponerlo. El segundo modo, fue distribuido de manera menos prodiga y fue llamado el buen discurso. Con él los hombres podrían unirse, pues se usaba una facultad inherente al hombre, en unos menos presente en otros más: llamada logos. Mediante el debate se construirán ideas coherentes y reflexivas. Ahora, mi querido héroe es tiempo de que vuelvas a la iluminada tierra por Helios iluminada” Es todo lo que la musa sopla a mis oídos.
Ber: Vierto libaciones a los dioses.
Oct: Benditos sean.
Car: Agradecidos estamos.
Oct: De doble manera lo estoy yo, querido Bernastófanes pues creo haber encontrado un argumento buscado en el buen discurso y además, irrefutable.
Ber: Con singular ansia lo espero.
Oct: ¿Decís, guadatenienses, que vehemente fidelidad a los dioses debemos? O ¿piensan blasfemar en contra del portador de la égida?
Car: ¡Por Zeus y los demás dioses olímpicos! Me apresura a levar súplicas: todo a ellos debemos.
Oct: No esperaba más. Así, ¿no se casó Zeus con Hera, y de la misma manera fecundó multitud de mujeres, entre ellas la madre de Adriacles?
Car: ¿Cómo no, Octavxágoras?
Oct: Pues afirmo que necesariamente y conforme al buen discurso y las disposiciones de los dioses, lo justo es que solo hombre y mujer yazcan en el lecho matrimonial.
Car: No parece que se pueda deducir lo contrario.
Ber: Todo parece girar, aturdido me siento, parece que tienes razón extranjero, el buen discurso me obliga a afirmarlo.
Car: ¡Ay de mí! ¿Cómo he de actuar ahora, oh moradores del Olimpo?
Ber: Esperad…
Oct: Lo que sea necesario.
Ber: Recuerdo, como cuentan los poetas, que el temible Crónida, entre su fecunda vida, con el bello Ganímedes tuvo encuentros.
Car: Claro es ahora.
Ber: Luego entonces, no estaría penada ninguna de las dos relaciones, si a los dioses nos atenemos.
Oct: Me niego a admitir tal clase de relación.
Ber: El buen discurso te obliga a hacerlo extranjero.
Oct: No puedo, en mi tierra, donde conocido soy como el Filósofo, eso es inaceptable.
Ber: Si te parece, Filósofo de Arguzman podemos construir con el buen discurso algún conocimiento referente a aquello que te causa tanta duda y que tan preocupado te tiene.
Oct: No puedo Bernastófanes, otros deberes me apremian, debo ir con Clementágoras de Corruptia para mandar al ostracismo a Agustínides de Lesbos, pues hay algo más en eso.
Car: el mal discurso al asecho, querido Octavxágoras.
Oct: Además, apremiante es conocer la física a la par de instruir a jóvenes efebos sobre la sabiduría que me jacto poseer.
Ber: ¿Te olvidas del hombre extranjero venido de Arguzman?
Oct: Necesario es, leyes hay sobre él que le dominan: divinas y humanas, es necesario conocerlas y sacarles algún provecho.
Ber: ¿Nos dejarás entonces a Carlicles y a mí sin saber que pensar respecto a la efebía?

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